viernes, 31 de agosto de 2018

MIEDOS





Amo tus miedos cuando te refugias en mí
y me siento cruel y cómplice,
porque conozco mis miedos

y me odio si no soy tu refugio.



Esteban Pérez Sánchez   1.09.2018

jueves, 30 de agosto de 2018

MICROPOEMA




Lo que conoces es la desnudez,

lo que no aprendes sigue vestido.




Esteban Pérez Sánchez   31.08.2018

miércoles, 29 de agosto de 2018

DE PERSONAS, ANIMALES O COSAS.




Me niego a pensar que un libro es un objeto
o que tú y yo seamos personas
cuando no estamos leyendo.





Esteban Pérez Sánchez  30.08.2018

martes, 28 de agosto de 2018

ESPERA




Todos esperamos a alguien
que no le importe que hora somos.




Esteban Pérez Sánchez   29.08.2018

lunes, 27 de agosto de 2018

SI POR LO MENOS




Si por lo menos,
Los pájaros de mi cabeza

         o
v                                                 e
                          l                                    n
            a                            s  





Esteban Pérez Sánchez  28.08.2018

domingo, 26 de agosto de 2018

DIVISIÓN




Las personas se dividen
en las que tienen cicatrices en las rodillas
y en las que no han jugado




Esteban Pérez Sánchez  27.08.2018

sábado, 25 de agosto de 2018

EL MUNDO ESTÁ ASÍ




El mundo está así,
extraño,
jodidamente absurdo;

desde el día en que no te conocí.





Esteban Pérez Sánchez   26.08.2018

viernes, 24 de agosto de 2018

EN EL PARQUE DE LA NOCHE




Ahí estábamos,
en el parque de la noche,
en el columpio de la cama.




Esteban Pérez Sánchez   25.08.2018

jueves, 23 de agosto de 2018

HÉROES




Hay momentos,
en que ese salvarnos
cuando nadie nos ve,

es de héroes.




Esteban Pérez Sánchez  24.08.2018

miércoles, 22 de agosto de 2018

ERROR





El amor es un error;

es la falta de ortografía más bella del alma.





EstebanPérez Sánchez   23.08.2018

martes, 21 de agosto de 2018

MICROPOEMA




Nadie espera a otra persona,

nos esperamos a nosotros mismos.





Esteban Pérez Sánchez   22.08.2018

lunes, 20 de agosto de 2018

LECTURA



Había bebido
tres páginas de whisky,
intentaba comprender lo nuestro;

tal vez en la cuarta página.





Esteban Pérez Sánchez   21.08.2018

domingo, 19 de agosto de 2018

SOLEDADES




Noté tu soledad entre tanta gente,
tal vez por tu forma de sonreír,
tal vez porque me recordaste mi sonrisa.





Esteban Pérez Sánchez   20.08.2018

sábado, 18 de agosto de 2018

TIEMPO IMPERFECTO



Si cuando pasas a mi lado
mi corazón fuese un reloj;

estarías ya en mi futuro.






Esteban Pérez Sánchez   19.08.2018


viernes, 17 de agosto de 2018

EN QUÉ SEGUNDO NO ESTÁS




Es ese cerrar los ojos
y preguntarte en silencio;
en dónde no puedo verte
o en qué segundo no estás.




Esteban Pérez Sánchez  18.08.2018

jueves, 16 de agosto de 2018

SALVAR EL MUNDO




Me dijo: Vamos a salvar el mundo;
Se maquilló
se pintó los labios.
se peinó

y sí, el mundo se salvó.





Esteban Pérez Sánchez   17.08.2018

miércoles, 15 de agosto de 2018

ORGASMOS




Lo mejor de los orgasmos
es que durante unos segundos
no piensas en los orgasmos.





Esteban Pérez Sánchez   16.07.2018

TENEMOS QUE HABLAR






TENEMOS QUE HABLAR

Una serie de catastróficos relatos



QUIERO HABLAR CON LA MADRE DE FREUD




              
1


Quiero hablar con la madre de Freud.



Alguna vez lo hablé con mi hermana, después, sobre lo siguiente.

Es escorpio, como yo, nacimos en noviembre; la princesa destronada vio la luz  cuatro años antes.
Para mis padres, en aquellos tiempos de hambre de todo, el síndrome de los destronados era algo no tabú, como hablar de la república, o no ensalzar el alzamiento de los nacionales, o recordar a los vecinos, que desaparecieron en noches de paseos eternos, en conversaciones de bis a bis, o silenciar las siete penas de muerte del abuelo, por ser socialista y cuyo “pecado” fue asistir a una reunión sindical de la azucarera, donde trabajaba, un día 19 de julio y, por un chivatazo, terminar en la cárcel. Siete penas de muerte conmutadas en el último momento, hasta que decidieron que purgara su rojerío durante siete años en el Penal del Puerto de Santa María.
El síndrome de los destronados no era tabú, simplemente, porque no se conocía.
El noviembre castellano es frío, de los de heladas, niebla y viento de nieve, dónde se paraliza el ciclo vegetativo de la naturaleza y casi, también el quehacer humano.
Los familiares, amigos y allegados, llegaban a casa a dar la bienvenida al nuevo miembro de la familia, yo.
El lugar de referencia para el bebé era tenerlo al lado de la cocina bilbaína, de esas que sirven tanto para cocinar, como para calmar el desasosiego del frio, de esas de almendrilla y ovoides, de esas de atizar con un gancho de vez en cuando para que el fuego siempre estuviese vivo.
Mi hermana era la que mantenía la lumbre, el calor del hogar.
En esos días, mi cuna o el serillo, se llenaron de regalos, quiero decir de sonajeros y chupetes, chupetes que, por cierto, utilizaba mi hermana.
Todos los regalos para el bebé, todo para el nuevo recién llegado, todo.
Si mis padres no tenían ni la menor idea del síndrome ese, mi hermana menos.
Me contaron que una tarde, atizó la lumbre con el gancho y que a continuación fue a donde yo estaba y me lo puso en un ojo.
Me contaron que estuve un mes hospitalizado, que pensaban que perdía la visión, que lloré y grite lo que no estaba en los escritos. A consecuencia de esos tuve un desarrollo extraordinario en mi capacidad pulmonar.
Me contaron tantas cosas después.
A mi hermana la castigaron. Durante un tiempo la casa estuvo más fría.
Ese incidente tuvo años después unas nefastas consecuencias en el desarrollo para mi personalidad.
Pero eso lo narraré en otro momento, ahora necesito hablar con la madre de Freud o con mi hermana.










2


La primera vez en el cine o necesito hablar con Voody Allen



La primera vez en el cine. No hablo de la primera vez que todos hemos tenido mientras proyectaban una película, como sucedería años más tarde viendo “Tiburón” y que demuestra que es muy importante estar cerca de alguien cuando el miedo, los sustos y los malos momentos llegan. Hablo de la primera vez que uno acude al cine sin la presencia de sus padres o familiares.
Llevaba una semana jugando con una espada de madera y un antifaz en los ojos. Estaba orgulloso, tanto del juego como de haber construir con unos palos un arma y con un trozo de tela vieja un antifaz, como los del Zorro de los tebeos. En aquellos tiempos la palabra comic no se llevaba, la libertad tampoco.
Orgulloso por ello, jugaba con los amigos intentando hacer una zeta a alguno de ellos o a todos, en unos días en que hacer una con el plumín y tinta china era toda una aventura. Las madres vigilaban, atentamente, más que nada por poder separarnos cuando en vez de una zeta nos hacíamos un siete en la ropa con las manos, porque dónde no llega una espada llega el corazón. La guerra es así.
El domingo nos dejaban ir al cine del barrio, a una sesión doble a todos juntos y proyectaban el Zorro.
Cuando se tienen siete años, ocho, hay cosas en la vida que tienen mucha importancia.
Hasta que llegamos a sentarnos en las butacas de la sala, todos fuimos durante unos días el Zorro. Durante la película alguien dejó de serlo.
Todo iba bien, qué digo bien, era fantasía pura, rodeados de caras conocidas, otros niños, chicas más mayores, gente de las calles cercanas. El olor de las bolsas de patatas fritas, las palomitas, los chicles, los caramelos, los pataleos acompasados con la música, las llamadas de atención del acomodador. Todo iba bien.
Las primeras escenas fueron idílicas, paisajes del oeste, el Zorro enmascarado cabalgando por toda la pantalla en tecnicolor, en esos tiempos aún no había llegado la tele a casa y estar allí, así, era increíble.
Era increíble, hasta que el Zorro desapareció en escena y unos hombres vestidos de militares comenzaron a hablar de atraparlo, hasta que mandaron entrar al hombre que se encargaría de ello
-Les presento al Capitán Esteban.
Era increíble, fue increíble. El malo de la película se llamaba como yo, el enemigo del Zorro llevaba mi nombre.
Mis amigos comenzaron a reírse de mí, a mirarme, a tocarme, a burlarse y no llevaba ni la espada ni el antifaz.
Diez minutos después iba por la calle, camino de casa con la camisa rasgada,  algunos moratones y dolor en la oreja, de la que había tirado el acomodador para sacarme del cine y para separarme de la pelea con mis amigos y medio aforo más.
Entonces no sabía que necesitaba hablar con Woody Allen.


















3


El pirata más bello de los océanos o tengo que hablar con Barbanegra.



Recuerdo a mi madre quejarse mientras cosía mi ropa, farfullando algo que no eran canciones de la época.
Por el incidente, ya contado en relato número uno, sufrí algunas secuelas en un ojo.
Me vendaban el ojo izquierdo para que desarrollara la visión del derecho y tomaba vitaminas para que estuviera fuerte y sano. Así estuve durante unos años, tres meses con un ojo tapado y tres meses de descanso. Medio ciego y supervitaminado.
Uno de mis tíos dijo al verme la primera vez que era Barbanegra, el pirata.
Los chicos de la calle al verme por primera vez dijeron que era “Ojopocho”
El espejo me devolvía la imagen del pirata cuando miraba la herida del labio, un rasguño en la frente, un mordisco en el hombro, las patadas en las piernas, incluso el dolor de los tirones en el pelo.
Mi madre cosía y mi padre apenas me miraba, tal vez no quisiera pelear conmigo. Mi hermana apenas se acercaba a mí.
-Mamá me bajo a la calle-
-Estás castigado por pelearte- Dijo cosiendo.
Barbanegra se pasaba tres meses peleando, hasta que el enemigo cambiase el “Ojopocho” por el del pirata y, otros tres meses, recuperando la normalidad. Cuando se tienen siete años la vida se afronta de un modo natural.
De aquel tiempo me viene a la memoria el salir a la calle, al cole, siempre con ropa que estaba ya cosida. El portal, las aceras, el patio del colegio, la clase, eran los mares donde libraba mis batallas.
La ropa nueva era para cuando iba acompañado de mis padres, era nueva salvo que alguien dijera “Ojopocho”
Sí, recuerdo a mi madre faenando con el costurero, farfullando cosas.
Sí, recuerdo ver en el espejo al pirata más bello de los océanos.








4



El quinto Beatle o, necesito hablar con Herodes.


       

       Mi hermana me dijo al oído que me habían traído una guitarra como la de los Beatles, antes de que terminara de contármelo ya estaba junto al árbol por si era verdad y lo era.
       Naturalmente no era una eléctrica, era de plástico duro, con seis cuerdas que parecían alambre de espino y durante unos minutos fui el quinto Beatle, hasta que mis padres, hartos de mis alaridos, me sugirieron de forma muy afectiva y contundente que fuese a enseñar la guitarra a los vecinos.
       Era normal, en aquellos años, enseñar los regalos. La señora María, vivía en un bajo. Cuando jugaba en el portal o en la acera de la calle siempre me contaba cosas, entiéndase; hablaba sola.
       Llamé al timbre de la casa y sucedió lo siguiente:
       Abrieron, me hicieron pasar, les encantó mi regalo de Reyes, me pusieron un café y luego habló con su marido de servirme una copa.
       Tenía siete años y así como suena, una copa.
       Lo del café ya estaba acostumbrado. Mi madre nos servía un tazón de café con leche y galletas o pan migado antes de ir al cole, lo de ir con un buen chute de cafeína lo tenía ya asimilado. Entonces el cacao o el descafeinado, brillaba por su ausencia.
       Lo de la copa era sustancialmente distinto. En casa, mi padre nos servía un vaso con Sansón, o Málaga Virgen, en ocasiones especiales, sobre todo en cumpleaños y cenas de navidad. Tiene quinina le oía decir, mientras mi hermana se relamía los labios y yo notaba como aquello endulzaba algo más que la boca. Eran otros tiempos.
       Sí, una copa de algo dulce, busca la de licor cuarenta y tres o la de anís.
       Les vi buscar por la cocina, en concreto debajo del lavadero, en donde se apilaban unas cuantas botellas. No las tenían como nosotros en el mueble bar, ese tan típico donde también hay un hueco para los libros y para una televisión que aún no había llegado a casa, los libros tampoco.
       Me sirvieron un líquido transparente y dijeron que era para que celebrase mi día de Reyes. Ellos solo bebieron café.
       Olía a hostias. Era desagradable, recordé el olor de la ginebra que tomaba mi padre y di un trago. Aquello olía mucho peor que a hostias.
        Bebe, bebe.
       Con el café a duras penas lo bebí. Sentí como se transformaba mi cuerpo, sobre todo mi cabeza y mi estómago, noté náuseas y ellos se lo tomaron a risa con un comentario de “estos niños”
       Me despedí de ellos como pude, subí las escaleras como pude, mareado y con ganas de vomitar.
       Cuando mi madre me vio entrar me dijo que estaba blanco. Dejé la guitarra en el suelo y me senté en el pasillo apoyado en la pared. Pasó mi padre por allí y me dijo algo parecido a qué te pasa y yo le dije que la señora María me había dado una copa y se echó a reír.
       Y allí estaba yo, apoyado en la pared, tirado por el suelo, temblando, con sudores, viendo la guitarra borrosa y con un dolor de estómago y de cabeza insoportable.
      Después de dos horas se oyeron carreras por las escaleras de alguien que gritaba el niño, el niño. Luego escuché que la señora María y su marido estaban en casa y decían a mis padres que me habían dado por error una copa con aguarrás pensando que era anís.
       Qué decir sobre que si lo del anís podría ser imperdonable para un crío, lo del aguarrás…
       Y ahí estaba yo, en una nebulosa a ras del suelo, ahí estaba y ahí me quedé hasta que mi madre me acomodó en la cama.
       Ellos hablaban tomado algo, de esto, de aquello y de lo otro. De vez en cuando se asomaba mi madre y me soltaba un ya se te pasará.
       Ni hospital, ni lavado de estómago, ni nada de nada. Ellos celebrando los Reyes y yo en la cama medio muerto, medio vivo.
       No hubo comida para mí, en mi estado somnoliento y lleno de arcadas con sabor a disolvente la comida no ocupaba lugar.
       Después de comer nos visitaron unos tíos, primos incluidos. Cuando mi tío se enteró de lo sucedido puso el grito en los cielos, donde casi estaba yo, mandó que calentaran algo de leche y recuerdo que me lo hizo tomar a la fuerza. Durante una hora estuve vomitando lo que no está en los escritos.
       Mi tío se jactaba que era así como se quitaban las borracheras o se mejoraba del estómago cuando algo sentaba mal.
       Mi madre me adecentó un poco, como quien arregla a un muerto y, al rato me dieron la mano y me llevaron a la calle; a que te dé el aire que te vendrá bien. Así fue, yo como un pato caminando con la guitarra de la mano, llegando hasta el bar que frecuentaban las amistades de mis padres para celebrar el día de Reyes. El quinto Beatle estaba sentado en un bordillo, con la guitarra al lado, tomando el aire… el aire de enero, un frío espantoso, sobrecogedor, de niebla y escarcha.
       De vez en cuando salían a verme, supongo que era para ver si seguía vivo.
       Ya bien entrada la noche volvimos a casa y mi madre preparó un caldo caliente que vomité, me acostaron y me dijeron que a dormir que mañana me encontraría ya bien.
       Así fue. La naturaleza tiene estas cosas.
       Necesito hablar con Herodes. Mejor con mis padres.








5



A ti lo que te pasa es que te jode bastante. La doblez de la palabra o, necesito hablar con Pérez Reverte.


       Era mi segundo año en el periódico. Entré a trabajar a los catorce, ahora hubiese sido un niño explotado, en aquellos tiempos era normal trabajar a esa edad, incluso antes.
       Mis buenas notas en el instituto me llevaron a ser elegido para trabajar en el periódico con el consentimiento de mis padres. La empresa pasó a hacerse cargo de mi formación laboral y de mis estudios. Fueron años duros, interesantes, pero muy extraños, de trabajar y estudiar el bachillerato en el curso nocturno, de tener un salario que entregaba en casa y de no tener tiempo ni para saludar a los amigos que dejé en el barrio. Mi juego consistía en aprender, en aprender lo bueno y sobre todo lo malo.
       En ese año comenzaron a trabajar mujeres jóvenes. Hasta entonces la plantilla femenina la componían dos secretarias al borde la jubilación eterna y dos oficinistas que intentaban llegar, antes que ellas, a la meta final.
      Hubo sustanciales cambios en el periódico. Uno de ellos era que no podían utilizar el servicio de los hombres y las dejaron usar el servicio de la dirección, para hacerlo tenían que pedir las llaves al ordenanza y subir unas escaleras en medio de una inusitada expectación. Jamás vi tanta gente merodear la puerta de los servicios cuando estaba ocupado por ellas. Lo sé porque yo pasaba por allí, sin querer.
       Jamás vi tanta gente junto a sus mesas saludando, preocupándose, preguntando; intentando ligar en una palabra.
      Recuerdo en especial a Amparo, algunas veces compartíamos trayecto ya que íbamos en la misma dirección. Se puede decir que entablamos una cierta amistad, más no, ya tenía tres novias en esos momentos y una cuarta me parecía excesivo, sobre todo a la hora de buscar excusas para quedar sin que notasen nada anormal. Una de ellas trabajaba en un kiosco, la conocí cuando llevaba las devoluciones de la prensa. Otra estaba interna en un colegio de monjas y la dejaban pasear una hora al terminar las clases y salir los domingo por la tarde de paseo, si es que no se iba a pasar el fin de semana al pueblo con su familia. La tercera era un ligue de discoteca. Se puede decir que había una compatibilidad de horarios pero llevaba un papel en       donde escribía los días y horas que quedaba con cada una, por si acaso.
       Entre los moscones de las chicas se encontraba el delegado de publicidad, de nombre Juan y apellido Bastante. Los rumores se comenzaron a extender: que si les habían visto en el coche, que si les habían visto en una discoteca, que si estaban el otro día tomado algo. El delegado estaba casado y en aquellos tiempos, eso, era casi delito para los otros casados.
       Yo no me enteraba de nada, bastante tenía con equilibrar mi tiempo libre. Sobre esos rumores me enteré después y fue una lástima no haberlo sabido antes.
      Una tarde pasé por las oficinas en donde discutían sobre si los pájaros enjaulados deberían ser soltados o no, si estos se adaptarían a vivir en libertad. En casa siempre teníamos algún jilguero, aunque la que cantaba era mi madre cuando limpiaba la jaula y sus alrededores.
       No sé por qué pero la conversación fue subiendo de tono. Tal vez porque conté que algunas veces matábamos pájaros a pedradas en la ribera de La Esgueva. Menos mal que no dije que a las ranas las metíamos una paja, de esas de beber refrescos, por el culo y soplábamos hasta hacerlas parecer un globo.
       Intentaba hacer valer la necesidad de experimentar, de jugar y Amparo se soliviantó mucho conmigo llamándome asesino de aves. Y así, como quien no quiere la cosa la solté: A ti lo que te pasa es que te jode bastante, con b minúscula.
       Amparo se comenzó a poner roja, cada vez más, más, se calló de golpe, se sentó y no quiso saber nada de la conversación ni de nadie y sobre todo de mí. Es más todos se callaron, agacharon la cabeza y punto final al debate.
       Amparo no volvió a hablarme en años.
       En los días siguientes algunos compañeros se acercaban a mí y entre risas me soltaban: ¿Pero como fuiste capaz de decirla eso?
       Pasado un tiempo Amparo y Juan Bastante, con B mayúscula, después de divorciarse de su mujer, se casaron.
       Puedo jurar que fue sin querer, lo mío, que fue la doblez del lenguaje.
       Necesito hablar con Pérez Reverte.






6



 Las rosas de los vientos, la puntería o, necesito hablar con Cupido.


       

           Déjame bajar a la calle, déjame bajar a la calle, déjame bajar a la calle.
        Mi madre decía que no, mi padre intentaba dormitar en el sofá. Era un sábado por la tarde, el invierno campaba a sus anchas y amenazaba lluvia.
            Déjame bajar a la calle. El no de mi madre no se marchaba de su boca.
           Era la primera vez que pedía salir a la calle solo. De vez en cuando mi madre se asomaba a la ventana, como quien estudia el terreno. Las calles del barrio eran tranquilas los sábados, apenas circulaban coches, apenas se veía gente por ellas.
         Déjame bajar a la calle, un poco solo; seguía insistiendo con una pelota de plástico en las manos.
          ¡No!
         Un minuto, dos.
         ¡No!
         Ya saben quien decía el no.
         Déjame bajar a la calle, déjame bajar a la calle, déjame bajar a la calle.
       Mi hermana apareció por el cuarto de estar y me miró con desgana y disgusto. Mi padre bostezó.
        Baja, pero te estaré viendo desde el balcón. Cinco minutos y bien abrigado, cinco minutos y subes.
        Mi padre suspiró y mi hermana volvió a su habitación.
        Cinco minutos, cuando se tienen cinco años, es una eternidad.
      Y allí estaba, en la calle, con la noche cercana, observando las luces de las ventanas de la vecindad, en medio de un viento fuerte que jugaba con mi cabello, con mi primera sensación de libertad. Vi a mi madre asomada en el balcón.
       El balón de plástico no pesaba nada, no me dejaban bajar los balones de reglamento que mi madre guardaba para cuando fuese más mayor y eso que los conseguíamos gracias a mis almuerzos y meriendas de chocolate, por cada no sé cuántas envolturas de las tabletas daba un regalo. Mi madre atesoraba vasos, tazas, platos, cubiertos y algunos balones.
       Mi libertad de treinta segundos. Di una patada al balón y sucedió el milagro de la puntería. El viento se lo llevó, lo elevó y fue a impactar contra el cristal  de la ventana de un bajo, el cristal se convirtió en muchos cristales. Me acerqué corriendo hasta allí y en menos de treinta segundos mi oreja estaba en una mano del dueño del piso y el balón en la otra.
       Entonces el cálculo de posibilidades no entraba en mis planes. El dueño de la ventana rota era policía nacional y el número que me montó a mí y a mis padres fue de época y con toda la vecindad asomada a los balcones. Luego tuve que soportar la bronca de mis padres y las miradas de mi hermana.
       Todo se zanjó con un castigo y haciéndose cargo mis padres del arreglo del estropicio.
     A consecuencia de lo sucedido, cuando volví a ser libre, cada vez que iba a lanzar un pelotazo o una piedra, estudiaba todos los fenómenos atmosféricos y físicos, la velocidad del viento, su dirección, la distancia del objetivo, la lluvia, si el sol molestaba a los enemigos; todo.
      Terminé por adquirir una puntería que era la envidia o el terror de todo el barrio. Unos años más tarde saqué provecho de ello pero eso es otra historia.

        Ahora necesito hablar con Cupido.







7




       La memoria, la puta memoria. Tengo que hablar con Marwan o escuchar algunas de sus canciones.


       Los castigos preferidos de Sor Agustina, eran meterme debajo de su mesa, ponerme de cara a la pared o castigarme sin recreo y, para colofón final, salir del colegio aparte de la fila de niños, como señal de haber hecho algo malo.
       En mis primeros días de estudios primarios no comprendía esa extraña pedagogía para conmigo, ya que lo único malo que hacía era contestar a las preguntas de ella, levantar el brazo cada vez que exponían una interrogante, por mucho que me dijese que no lo hiciera o que dejase contestar a los demás.
       Mi madre me reprochaba que respondiese en clase, que no obedeciera, en casa me esperaba otro castigo.
       De los castigos prefería el de estar cara a la pared, debajo de la mesa de la monja era horrible oler sus pies, sus piernas, su hábito, un olor nauseabundo y oscuro que mareaba, quedarme en clase durante el tiempo de recreo era un suplicio; las chicas mayores internas se quedaban vigilando a los castigados y eran expertas en llenarme de pellizcos y comerse mi bocadillo de chocolate.
       Los ríos que desembocan a la vertiente mediterránea son... y yo los decía, los picos principales de la península son… y yo los decía, alguien sabe… yo levantaba el brazo.
       ¿Cómo comenzó todo esto?
      “Un rayo de sol oh oh oh” Ese verano, por las tardes, en casa escuchábamos en la radio un programa titulado “La canción del verano” donde los oyentes llamaban por teléfono y votaban por su canción favorita. Mi hermana y yo no nos perdíamos ninguna emisión. Aprendí de memoria todas las canciones de ese año.
       Mi hermana había tenido malas notas en el curso pasado y después de escuchar el concurso la tocaba hacer los deberes. Me ponía junto a ella y escribía con el plumín y la tinta china, hacía ejercicios de matemáticas, todo lo que ella estudiaba lo iba ejercitando. Lo mejor era cuando cantaba las lecciones, en aquellos tiempos se cantaban y para mí era la continuación de la canción del verano. Las tablas de multiplicar, los ríos de España, las cordilleras, los picos más importantes, los accidentes geográficos, las regiones, las provincias, países … todo lo que cantaba mi hermana lo aprendí también de memoria.
       En esos días heredábamos los libros de los hermanos mayores, ya que en primaria todos íbamos con el Catón, la Historia Sagrada, el Catecismo y poco más, también el bocadillo para las internas.
       ¿Cuál es el río más largo de España? Un minuto después estaba debajo de la mesa de Sor Agustina.


       Necesito hablar con Marwan o, escuchar algunas de sus canciones.








8

       

   La hostia que devolví o, necesito hablar con el Papa Francisco.


       En diciembre, antes de las navidades, Sor Josefina, la madre superiora, recopiló los expedientes del alumnado conflictivo. Una mañana me vi metido con ella en su despacho. La gente hablaba con veneración, tanto de su religiosidad como lo de su intelectualidad; era catedrática de geografía.
       El conflictivo respondió a todas sus interrogantes. Luego se reunió con mis padres; reunión de pastores, oveja muerta.
       Lo sabía todo, eso dijo. Tomó una decisión óptima para mi caso. El curso siguiente, en vez de seguir con el grupo de primaria, pasaría a estudiar con los mayores. Un niño de seis años con otros de nueve a catorce, en aquellos tiempos, en esas clases se agrupaban todas las edades.
       Por lo menos se paralizaron los castigos, empecé a echar de menos pasar las clases debajo de la mesa de Sor Agustina, pero no me libré de los pellizcos de las internas, ni de no almorzar.
       Había una condición especial para todo ese cambio en mi vida y era que tendría que hacer la primera comunión antes de tiempo. En Mayo, me vi vestido de marques con chorreras, en mitad de una ceremonia para recibir a Dios en mi cuerpo. Recuerdo que parecía el hijo aristócrata de los otros comulgantes.
       Unos días antes de la ceremonia, se celebró la confirmación de los alumnos en la parroquia cercana al colegio. Nos contaron como sería el acto, pero yo estaba en otro en otro mundo, igual estaba pensando si echaría de menos a las internas.
       La iglesia presentaba sus mejores galas. Aguanté como pude la misa que celebraba el Obispo de la Diócesis, luego nos pusieron en fila y fuimos, de uno en uno, hasta donde se encontraba sentado el que estaba vestido con tantos colores y cuando me encontré frente a él me agarró del hombro y solemnemente me hablo:
       Tienes que comer más que te estás quedando enano para a continuación darme un cachete en la cara y a continuación darle una patada y a continuación salir corriendo por el pasillo central de la iglesia escuchando un rumor inquietante de los demás niños y familiares y a continuación verme sujeto en las manos de una monja totalmente colorada y mi madre con el rostro tirando a morado; igual era por la iluminación de templo.
       Es que me ha pegado, expliqué.
       Luego supe de la vergüenza que pasaron mis familiares y del dolor en la oreja de donde me habían tirado hasta salir de la iglesia.
      
      Necesito hablar con el Papa Francisco.

       



   9

       
      Arsénico por compasión o, necesito hablar con Epicuro.



       No sabía ya mi madre por qué camino llevarme para que no me diera cuenta de que me iban a sacar sangre. En cuanto olía la cercanía del hospital empezaba a salir corriendo, aunque todas mis fugas terminaban enfrente de una enorme aguja y dos enfermeras que parecían sacadas de una película de terror.
       Llevaba varios meses así ¿Cómo empezó todo esto?
       Este niño no se logra, comentaba mi abuela materna desde que era un bebé; no diga esas cosas, escuchaba contestar  a mi madre. Odiaba a mi abuela menos cuando me daba la propina, tan vestida de negro, tan de luto de todo.
       Este niño no se logra.
       En casa, en las últimas semanas, mis padres hablaban y les escuché decir que este niño se nos muere; seguí jugando. Lo que más me preocupaba era que mi hermana, al pasar cerca de mí, acariciaba mi pelo; ese rasgo humano me ponía nervioso.
       Cuando me integré al curso escolar con los mayores no fui recibido como alguien más. Con seis años cumplidos me las tenía que ver con compañeros de nueve a catorce, todos con pantalón corto de color gris y un jersey azul con cuello de pico donde se dejaba ver otro cuello, el de una camisa plastificada con una corbata azul pegada al invento. No era más que eso, un cuello con un corbatín. Así íbamos uniformados, todos iguales, lo único que me diferenciaba de los demás era el bigote de algunos y que podría ser el hijo de uno de ellos.
      Sor María, mi nueva profesora, estaba encantada conmigo. El primer día me recibió con mucho cariño y me dispuso un lugar especial en la clase, al final del todo, solo, aislado de los demás. Me reconfortaron sus palabras; aquí vas estar muy bien, es el mejor lugar de la clase.
       Todo iba, digamos normal, nadie me hablaba, en los recreos nadie me elegía para jugar al futbol, ni para jugar por equipos a rescate, al pañuelo, al burro. Al final terminé con los que iban a trepar las tapias para ver a las chicas jugando y como pesaba poco para ellos me subían encima de sus hombros y era el encargado de dar recados a las de las faldas.
       De todas las maneras me metía en la mitad de los partidos, rescataba al prisionero, me tiraba encima del burro y en cuanto veía una pelea allí que iba a llevarme todos los trompazos del mundo. La mayoría de las peleas eran causadas por  meterme en el medio de todo para hacerme notar que estaba allí.
       Mi madre siempre cosía, cocinaba y cosía, limpiaba y cosía. Me encantaba mi ropa llena de remiendos.
       Todo iba digamos normal.
       Una mañana, a primera hora comencé sentirme mal, tuve un fuerte mareo y devolví en clase, medio desmayado me sacaron al patio para que respirara aire puro de noviembre y se me fue pasando. Al día siguiente me llevaron al médico y comenzaron las analíticas.
       El niño está bien, no encontramos raro…
        Rara era la mañana que no terminaba medio desmayado en el patio respirando el aire puro de diciembre, enero, febrero, para que me sintiera mejor.
       Cada quince días pinchazo va pinchazo viene y con la consiguiente conclusión; el niño está bien.
       Algo tiene pero no se lo encuentran, escuchaba decir a los familiares y amigos. Este niño se nos muere, dijeron por ahí; seguí jugando.
       Sor Josefina, la madre superiora, la misma que me había salvado de mi erótica estancia debajo de la mesa de Sor Agustina, al recabar los informes del curso de los casos conflictivos, se volvió a topar conmigo. En su despacho me preguntó y hablamos sobre lo que me estaba sucediendo.
       A la mañana siguiente, Sor Josefina, se presentó cuando entramos en clase y se sentó conmigo para ver mi reacción, para ver si lograba descubrir alguna razón de mis mareos y vómitos.
       Unos minutos después, los dos estábamos en el patio intentando mejorar con el aire de marzo.
       El lugar especial que me había reservado Sor María, el primer día del curso, era al lado de una vieja estufa de carbón y que al llegar el frío y prenderla para calentar la clase, alguno se llevaba una sobredosis de monóxido de carbono.
       Ya saben quién era ese alguno.


       Necesito hablar con Epicuro.







10

      
Necesito hablar con los jíbaros o, mejor con Sansón. 
      

       Ese día mi madre no estaba con el costurero cerca, tal vez porque al siguiente era nochebuena y el ajetreo que llevaba por la casa con los preparativos no la dejaba tiempo para ello.
       Hablaba con mi hermana sobre no sé qué de ayudarla por la tarde en algo. Di una patada al balón y maté a todo el séptimo de caballería que iba a atacar a mis indios y corrí por el pasillo gritando gol.
       Por la tarde, decía mi madre a mi hermana, bajaré a tu hermano a que le corten algo el pelo. Tendría que haber disparado a mi mamá.
       No conocía entonces la palabra agobio, pero su significado era el estado de las dos mujeres de casa. Limpieza, limpieza, limpieza, preparar esto, lo otro, compras, cocinar, arreglarnos, portarnos bien, buscar los villancicos, no tocar el árbol… agobio.
       Mi hermana pasó a mi lado y me acarició el pelo, siempre que tenía ese rasgo humano conmigo me estremecía; siempre pasaba algo malo. Llevaba el pelo largo y la gente me llamaba “El cordobés” y era raro porque los niños de seis años no lo llevaban tan largo, seguro que era porque mi estancia en la peluquería ponía a mi madre al borde un ataque de todo y, al peluquero, con ganas de poner cerrado en la puerta. La de caramelos que me daban para que me estuviese quieto.
       A media mañana mi madre habló con nosotros, dijo que iba a comprar y que nos portásemos bien, dejó el mando de las operaciones a mi hermana y nos advirtió de la cercanía de los Reyes Magos. Tardaré unas dos horas. Cuando se marchó seguí haciendo estragos por salvar a los indios.
       Mi hermana ordenó su habitación, nunca la había visto con el mandil de mi madre. Después ordenó la mía y temí que luego se pusiera a coser; no fue así, desafortunadamente.
       Vi que cogió la perecerá donde habitaban dos pececitos de colores y la llevó al fregadero de la cocina, dejé de jugar y me fui con ella; ya verás que limpios van a quedar, dijo; pero primero siéntate aquí que hay ayudar a mamá.
       Me senté en una silla, me puso por los hombros una toalla, me encasquetó un tazón grande de desayuno en la cabeza, agarró unas tijeras y todo el pelo que sobresalía lo cortó. Pareces un romano de las películas, ya verás que contenta mamá cuando te vea. Luego vi en su cara un extraño gesto.
       Tuve ganas de ir a verme al espejo pero mi hermana me dijo que después de lavar a los peces. Puso el tapón al fregadero, soltó agua caliente del grifo, hecho a los peces, los enjabonó bien enjabonados y los frotó hasta que estos flotaron sobre el agua algo descoloridos.
       Mientras mi hermana se hacía algo con las manos en los ojos fui a verme al espejo; se acabó lo de “El Cordobés o ser un beatle. A los pocos segundos éramos dos los que hacíamos algo con las manos en los ojos.
       Al rato mi hermana se metió en su habitación y atrancó la puerta, yo me puse a dar patadas con el balón a la vida.
        Sentí como mi madre subía por las escaleras, conocía sus pasos, al llegar a la puerta nos llamó para que la abriéramos  porque llegaba muy cargada con las bolsas y no quería dejarlas en el suelo para buscar las llaves, como mi hermana no daba señales de estar viva, abrí.
       Al verme mi madre gritó mi nombre mientras las bolsas de la compra caían al suelo, después llamó a mi hermana y supe que estaba viva porque gimoteaba. Cuando mi madre fue a la cocina sofocada a dejar la compra y vio a los peces muertos en el fregadero y la pecera limpia como la patena, su cara fue un sinónimo del color de los pececitos.
       Mi hermana no quiso salir de su cuarto. Mi madre me puso un gorro de lana en la cabeza y me llevó corriendo a la peluquería. Que no se enteré tu padre, la escuchaba decir agobiada y en colores.
       Cuando me vio el peluquero lo noté más contento que otras veces, cuando salí de allí, con el pelo casi rapado, me acordé de los de que arrancaban cabelleras, entonces no conocía nada sobre el karma.
       Mi padre al verme se puso contento y comentó que me parecía a un hombre.
       Por la tarde dos peces nuevos daban vueltas por la pecera.
       Mi hermana… no quiero saber nada de ella.
       Al día siguiente, cuando mi madre me iba a servir el café con leche en el tazón, la dije que no, que mejor en un vaso.
      

       Necesito hablar con Sansón.







11

      
       La huida o, necesito hablar con Alejandro Dumas.



       Corría como un loco, con el ojo tapado, escuchando el griterío de “Ojo pocho” detrás de mí, iba dejando a los lados, arces reales, un abedul, un árbol del amor, unos cedros del Himalaya, huía como un poseso sintiendo que, detrás de mí, se esforzaban por alcanzarme.
      
       
       Busquemos un comienzo a todo esto.
       Mi madre y mi tía nos habían llevado de paseo por el centro, era verano y pasar una tarde con mi hermana y mis primos era, para todos, una forma de pasar los rigores de la temperatura del infierno de la ciudad. Acabamos en el Campo Grande, junto al paseo donde aparcaban los coches. Allí, algunas tardes, en un escenario de madera, programaban actuaciones de marionetas, allí nos colocaron a los niños, en primera fila para ver los títeres. Hasta ahí todo era normal.
       Mi madre me vigilaba, ya que algunos niños me preguntaban por mi parche de pirata en el ojo izquierdo; se ve que no tenía ganas de coser ropa. Me advirtió muchas veces que no hiciese caso y no me pegase con nadie. Ojopocho era el mote que algunos niños del barrio me habían puesto y cada vez que escuchaba que alguien me insultaba, las madres tenía luego que coser ropa pero no las heridas del alma.
       Bajo la sombra de los plátanos esperábamos el comienzo de la actuación, entre el ruido de las pipas, los globos explotando de los chicles, las risas, el olor condensado de caramelos y helados. De pronto en un atrezo de madera, unas cortinas se abrieron, apareció un retablo de madera con un ventanal decorado de bosque y sucedió lo siguiente.
       Salió una apuesta marioneta y dijo que era Florín y, para ver si habíamos entendido, nos pidió que dijésemos su nombre a gritos. Todos gritamos Florín. Parecía divertido.
        Después nos presentó a su amiga, una marioneta que se llamaba Merche, pero para que acudiera teníamos que llamarla a gritos y así lo hicimos. Todos gritamos Merche. Parecía divertido.
       Luego nos contaron que ella se iba a quedar allí, con nosotros, mientras él iba a cortar leña, pero que teníamos que tener mucho cuidado, ya que había un hombre muy malo que quería llevarse a Merche y que si aparecía nosotros tendríamos que gritar su nombre y él llegaría corriendo, con una estaca, para darle de palos, meterlo en un saco y tirarlo a la basura.
       ¿Gritaréis su nombre? Todos gritamos sí varias veces. Parecía divertido.
       ¿Sabéis cómo se llama ese hombre tan malo? Todos gritamos no. Seguía siendo divertido.
       Florín nos contó que el hombre malo se llama “Ojopocho” ¡Gritar su nombre, a ver cómo lo hacéis!
       Todos los niños comenzaron a gritar Ojopocho. Ya no era divertido.
       Era yo ¡Joder! Era yo. Se estaban refiriendo a mí, todos me miraban, también las marionetas. Cómo pude me levanté de la silla de tijera, empujé a mis primos que me querían sujetar, empujé a algunos niños más y corriendo hui al parque mientras seguía escuchando que todos me gritaban “Ojopochooo” “Ojopochooo”


       Necesito hablar con Alexandre Dumas, el Lute, Papillon o, Clint Eastwood.








12


         

       Las piedras, las piernas y los cristales rotos del alma o, necesito hablar con Milla Jovovich.
     
       


       Me aficioné por dar patadas a las piedras porque al ser el más pequeño de la clase nunca me elegían, cuando formaban dos equipos, para jugar un partido de fútbol, así que buscaba alguna piedra y jugaba con ella, regateando compañeros, monjas, internas con bocadillos de chocolate y al tiempo.
       Cuando tuve nueve años y los tres primeros cursos de primaria aprobados, propusieron a mis padres que me sacaran de ese colegio y me llevasen a otro a estudiar un nuevo plan de estudios, les explicaron que ellos iban a continuar con el antiguo plan y el nuevo se adaptaba mejor a mis intereses de estudiante.
       En septiembre me vi vestido con un pantalón corto de color negro y un jersey azul marino con el escudo de la Sagrada Familia yendo a un instituto de Jesuitas. Mi uniforme apenas sufrió cambios pero ya no había monjas, ni internas, ni chicas al otro lado de las tapias. Casi todo eran curas, algunos vestidos de calle pero de oscuro, también teníamos profesores seglares, entre ellos una bestia parda falangista que nos daba gimnasia y Formación del Espíritu Nacional, como contrapunto estaba la Señorita Lucía, que daba clases de lenguaje a partir de segundo.
       El nuevo plan de estudio dictaba una norma, en la que los niños que llevaban los tres primeros cursos de primaria pasaban directamente a estudiar primero de bachillerato sin necesidad de hacer un curso puente, que se llamaba ingreso. Así que me vi de nuevo en una clase donde era el más pequeño de todos, ya que se daba la circunstancia que era el único alumno nuevo que llegaba de otro colegio a ese curso.
       En el patio me vi jugando otra vez con una piedra ya que el que elegía los equipos era el falangista y los quería altos, fuertes, sanos y nazis. Esa costumbre fue transferida a los alumnos así que comencé a llevar una piedra en los bolsillos.
       Y ahí estaba yo, en un recreo, dándole patadas a la vida, persiguiendo un gol entre las piernas de trescientos niños, abrazando al viento cuando metía alguno. De pronto me abrazaron y me llevaron en volandas, escuché gritos y jaleo y me vi subiendo las escaleras hacía el instituto en agarrado por dos curas con cara de gravedad.
       Unos segundos después, estaba en una clase con media docena de niños más esperando saber el resultado del partido.
      Entró el director, acompañado por una comitiva vaticana y el falangista, nos mandó poner de pie y nos dijo: Serán ustedes debidamente castigados por mirar las piernas de la Señorita Lucía. Vi algunas persignaciones al lado del director.
       Algo intenté decir pero me mandaron callar, levanté el brazo y dije que estaba dando patadas a una piedra y me llevé un capón del falangista.
       El director nos llevó a su despacho y nos dio una nota, para entregar a nuestros padres, en donde escribió el delito y nuestra expulsión por una semana. A mí me añadió la gravedad de “usted el peor, tan pequeño y pronto empieza”
       Algunos niños, en el recreo, aprovechaban la altura de las escaleras para, desde abajo, investigar ciertas cuestiones femeninas de la profesora que salía a contemplar nuestro paisaje y a hablar con otros profesores. El día que hicieron una redada por allí pasaba yo con mi piedra.
       Pensé que mis padres entenderían mi inocencia pero el tortazo de mi padre, los gritos de mi madre y las miradas de mi hermana no me hicieron sentir muy optimista sobre el asunto.
       Antes había visto las piernas de mi hermana, de mi madre, de algunas amigas de la calle, de primas y solo eran piernas, pero cuando terminó la semana de castigo y volví al Instituto ya nada volvió a ser igual;
       Estaba muy interesado en ver las piernas de la Señorita Lucía y muchas más.


       Necesito hablar con Milla Jovovich.






13




Mi primer poema, mi primer exilio ¡La puta poesía! o, necesito hablar con Daniel Rivera  



       Algo nos habían contado en clase de Juan Ramón Jiménez y de un tal Platero pero no nos quedó muy claro quién era el burro. En realidad, en aquellos años, nos escondieron la poesía en el instituto. Por un hermano de mi padre, que venía a vernos todos los años desde el otro lado del Ebro, supe algo de la existencia de poetas y poesía, la palabra poema era mágica. Mi tío me contó que a su mujer la enamoró con versos de Lorca y Alberti. En clase pregunté al profe de lenguaje por ellos y noté que además de no decir nada su cara se puso tan oscura como su hábito.
      La conclusión que saqué es que a las chicas les gustaban los poemas.
       Las tardes en el barrio después del partido de futbol, de refrescarnos en La Esgueva, y de acabar todos descontentos por un algo que siempre terminaba en empujones, puñetazos o pedradas, terminaba por acercarnos a los grupos de chicas, más que nada porque era lo que hacían los chicos más mayores.
       Por entonces no existían conversaciones, sabíamos que besaban y que se las podía meter mano si les caíamos bien y las hacíamos reír. Eso también se lo escuchaba a los más mayores.
        En el barrio nada de hablar con ellas, prohibido que nos vieran, qué iban a pensar de nosotros. Esto contrastaba cuando algunos domingos nos encontrábamos por el centro, paseando, entonces nos sentábamos en algún banco, ellas hablaban y nosotros dábamos vueltas a su alrededor haciendo el mono, el payaso, el indio o lo que fuera con tal de hacernos sentir que estábamos allí. Todo se reducía a eso, un hola, comer pipas y mirarnos.
       Mirarnos. Un atardecer de vuelta al barrio una de ellas me contó su vida en el colegio de monjas y yo la de mi instituto de curas. Mirarnos. Antes de llegar a las calles cercanas a nuestras casas nos separamos como un orden natural de las cosas, pero antes de irnos me dijo adiós con una sonrisa y me acordé de Los Bravos y esa canción de “los chicos con las chicas tienen que estar”
    Pasé mucho tiempo pensado en ella, me hablaba, me sonreía y cuando nos encontrábamos, después de la última pelea, nos mirábamos; algo tenía que hacer y me vino a la memoria lo que me contó mi tío.
       Cogí un papel y escribí:

Poema

       El domingo, en el Campo grande, te escapas un momento de las amigas y nos encontramos debajo de La Cascada.  Lleva ropa cómoda y no se lo digas a nadie.

      
       Lo de la ropa cómoda lo había escuchado también a los más mayores. Ahora solo tenía que hacer llegar el poema a sus manos.
       Estuve unos días con el poema en los bolsillos del pantalón y nunca encontraba la ocasión para dárselo. Al final opté para que un amigo de la pandilla, que era vecino suyo y entraban juntos en portal cuando nos íbamos a casa, se la diese de mi parte.
       Al día siguiente mi amigo me confirmó que ella ya tenía el poema, ahora solo faltaba que llegase el domingo por la tarde.
       Cuando llegó el día festivo nos encontramos todos en el banco de siempre, ella no me miraba y yo hacía lo imposible por no hacerlo tampoco, era como un juego de indiferencia para que nadie notase nada de lo nuestro, seguro.
       Me crucé con su mirada y me alejé del grupo camino de La Cascada y cuando llegué me puse a esperarla oliendo los jazmines, viendo los patos y cisnes del estanque.
       Ella no se presentó, lo hicieron dos hermanos mayores y su padre con cara de que yo había hecho algo malo.
       Salí corriendo de allí y cuando llegué a casa mi padre me preguntó: Qué tal la tarde y le contesté que bien y él continuó la conversación con un tortazo y un castigo. El padre de la chica y mi viejo eran amigos; habían hablado en un bar sobre mi poema.
       Durante bastantes semanas estuve exiliado de las calles del barrio. Mi primer exilio.
       Con once años, paseando solo por la ciudad, me di cuenta que hay poemas que hay que decirlos a la cara o al oído de alguien y que hay que llevar piedras en los bolsillos para los enemigos de los poemas.


        Necesito hablar con Daniel Rivera.







14




¡Joder! Esto es una casa de putas o, necesito hablar con Pulitzer






       -¿Dónde está el director? ¡Joder! –esto lo dijo el redactor jefe.
       -¿Has mirado en su despacho? -esto lo dijo alguien de la redacción y se escucharon risas.
       -¡Joder! Esto es una casa de putas –escucharon los allí presentes.


       No tengas prisa para publicar que sólo tienes dieciséis años; el director me lo decía en tono paternalista y convincente, le mostraba mis cajones con poemas y apuntes para posibles artículos pero mi momento para que el periódico publicase algo con mi nombre no había llegado. Esas conversaciones acababan con un más adelante hablamos.
       Poco había cambiado mi vida, si en los colegios siempre era el más pequeño, en el trabajo sucedía lo mismo.
       En lo que sustancialmente hubo un gran cambio es en que casi todos me querían tener cerca.
       En esos días me pidieron que estuviese en el cierre del periódico. Por las mañanas estaba por allí aprendiendo oficios y después de salir del bachillerato  nocturno me tocaba ir al cierre. La hora del cierre era a medianoche pero nunca supe de nadie que conociese que el periódico estuviese listo para su tirada a esa hora. Incluso los trabajadores de noche se podría que decir que estaban divididos en dos grupos, los que luchaban por cumplir el horario y los que luchaban, hasta la extenuación, para que terminase lo más tarde posible para cobrar horas extras. Llegué a pensar que algunos se inventaban noticias a la hora bruja o que todas las desgracias suceden a última hora.
       Era una cadena que arrastraba a todo el mundo, desde la redacción, hasta los linotipistas, los correctores, los del fotograbado, los maquinistas y los repartidores. De todo ello los que salían ganando eran algunos cafés cercanos.
       Faltan unos artículos, el dibujante aún está con la caricatura del alcalde, ha llegado un teletipo de un accidente grave, se ha atascado una bobina, No aparece el mecánico, eran las excusas más normales que escuchaban todos los días los camareros.
     
       ¡Joder! Dónde está el dibujante, son las doce ya y me falta la caricatura –gritó el redactor jefe.
       Y la crónica del partido –apuntó alguien por detrás.
       ¡Esto es una casa de putas! –Se escuchó.
       Igual están trabajando con el director en su despacho –dijo otro y se escucharon carcajadas.
       Si quieres bajo a buscarlos por los bares –dijo uno.
       ¡No! que no vuelves.

       Me encantaba trabajar a esas horas, todo olía a misterio y posibles infartos.
       Esa tarde, el director me dijo que mi más adelante había llegado, que podría escribir algo a dos columnas, allí estaba, ensimismado, en una historia apasionante de las cometas y su uso milenario en las guerras.
       Una hora después, cuando estaba dando los últimos retoques a mi trabajo escuché:
       -Han visto al dibujante, borracho, como casi siempre y dice no sube que el dibujo lo haga tu madre.
       Miré y vi espuma en la boca del redactor jefe.
       ¿Y el de deportes? –preguntó alguien.
       Igual está con los de la rotativa en el bar, esperando a que terminemos.
       ¡Joder! Esto es una casa de putas. Ya saben quién dijo eso.
       A los pocos minutos se plantó ante mí el redactor jefe y me dijo: -Te toca. Puso encima de mi mesa unos folios en blanco, lápices, una fotografía del alcalde, algunas caricaturas del dibujante, los resultados del partido de fútbol y soltó –Tienes una hora y no te preocupes que la firma será la de ellos.
       -Pero –intenté decir algo.
     Ni peros ni hostias, terminado en ese tiempo y te inventas lo que sea.
      Al día siguiente, porque siempre hay un día siguiente, se recibieron varias llamadas de aficionados que habían visto el partido diciendo que la jugada por la banda izquierda que terminó con un remate de volea del nueve no la habían visto, que el portero local y su escalofriante palomita había terminado en un gol entre las piernas, que el arbitraje no había sido correcto que había sido un robo a mano armada. También llamó el alcalde para felicitar al dibujante por su caricatura tan expresiva y tan cubista. En realidad, más que su foto, intenté captar la expresión del redactor jefe cuando decía: ¡Joder! Esto es una casa de puta.
       Por la noche, mientras intentaban encontrar al crítico de cine yo intentaba terminar lo de las cometas.
       ¡Joder! Esto es una casa de putas –se escuchó.


       Necesito hablar con Pulitzer.






15



El negrito del día del Domund y la madre que me parió o, necesito hablar con Dios.



       Mi madre tiraba de mi brazo, necesitaba alejarme de allí con urgencia, algo me decía entre dientes que no llegué a entender, qué guapa estaba con la cara tan roja como sus labios.
      
       A la llegada del otoño, mi hermana mayor se volvía una especie de santa, rezaba arrodillada al borde la cama,  estudiaba, ayudaba a hacer las labores de la casa y luego cogía una cabeza de un negrito de barro, esmaltado y se iba a buscar a sus compañeras de colegio, para ir por las calles y por los domicilios del barrio, a pedir dinero para los pobres negritos y las misiones.
       Era especial verlas llevando entre sus manos las cabezas de pobres negritos, chinos, sudamericanos. Verlas volver haciendo sonar el dinero dentro de ellas, mirando cuál de todas pesaba más.
       Me encantaban esas cabezas, pasaba horas tocándolas, viendo sus rasgos, intentado meter los dedos por la ranura, que la del pobre negrito, tenía entre un pelo pintado en forma de rizos.
       En aquellos años no existía una población emigrante, éramos nosotros los que  íbamos a Francia, Suiza, Alemania. Por las calles nunca nos encontrábamos  a gente extranjera que no fuese la de la guardia mora de uno que mandaba mucho.
       A los parvulitos nos dieron un sobre, pero solo para meter la propina de una  semana y el dinero que pudieran dar los papás o familiares. Deseaba hacerme mayor para poder hacerme santo como mi hermana y tener, en vez de un sobre, una cabeza de un negrito con su abertura para poder meter monedas.
       Mi hermana me dijo que rezase y le pidiera una a Dios. Pasé varias noches rezando juntos, antes de dormir, rogando una al todopoderoso.
       El día del domund íbamos a misa con mis padres, mi hermana con la cabeza de su negrito y yo con mi sobre, a la entrada de la iglesia del colegio tendríamos que entregarlo.
       Entonces sucedió el milagro, una mujer blanca llevaba un coche con un bebé negrito, Dios había hecho caso a mis peticiones, era el primer niño negro que veía en mi vida, salí corriendo y le agarré de la cabeza mientras buscaba la ranura entre su cabello ensortijado.

       Mi madre tiraba de mí. Qué guapa estaba tan roja como sus labios.

       Necesito hablar con Dios.









16






¿Ha llegado ya papá? Necesito hablar con Edipo, o con su señora madre.

      
       -¿Ha llegado ya papá?
       -Ahora viene –Duérmete.

       Mi madre siempre respondía lo mismo pero preguntaba cada diez minutos para que pudiera hablar con alguien.
      Muchas tardes mi padre, después de bajar del andamio, se iba a tomar vinos con compañeros del trabajo y se quedaban hasta tarde en las cantinas. Si estaban en la de al lado de casa mi madre me mandaba bajar a buscarlo y esas veces, antes de que me mandase subir, supe que mi padre cantaba, contaba chistes y se reía.
       Me encantaba sentarme a su lado y oler el yeso de su piel mientras cenábamos en silencio.

        -¿Ha llegado ya papá?
       -Ahora viene –Duérmete.

       Nunca recuerdo que mi madre corriese por casa detrás de mí cuando había hecho algo malo, sentía una especie de silbido sordo y una de sus zapatillas me daba en la espalda. Jamás fallaba.
       Ya verás cuando se lo cuente a tu padre –era su frase favorita.
      
       Mamaaaaa, me persigue con las tijeras –gritaba mi hermana.
       Ya verás cuando se lo cuente a tu padre, se escuchaba junto a la zapatilla.
       Mamaaaaa, está quemando los vaqueros del fuerte.
       Mamaaaaa, no me deja salir de la habitación.
       Mamaaaaa, no me deja estudiar.
       Mamaaaaa, no se deja peinar.
       Mamaaaaa, está manchado la ropa de mis muñecas.
       Todo tenía la misma respuesta –Ya verás cuando se lo cuente a tu padre –decía la que tenía un pie descalzo.

       -¿Ha llegado ya papá?
        -Ahora viene –Duérmete.

       Una noche me dormí sin que hubiese llegado. Esa noche pensé que igual no quería subir porque mi madre tenía que contarle demasiadas cosas.


       Necesito hablar con Edipo, o con su señora madre.









17


¡Fiesta! Putas fiestas o, necesito hablar con Maquiavelo.


       Me encantaba correr entre la gente aquella vestida de oscuro, detrás de aquel coche tirado por caballos, lleno de flores, gritando ¡Fiesta! ¡Fiesta! ¡Fiesta!

       Hoy es fiesta en clase, pasaréis la mañana en el patio principal y en la iglesia. Salíamos corriendo como locos por jugar mientras Sor Agustina, hablaba con otras monjas con aspecto muy serio. No la gustaría que jugásemos o estaría triste por no castigarme debajo de su mesa.
       Las internas nos llevaban hasta el patio principal mientras todos gritábamos fiesta.
       En el colegio, además de los edificios destinados a dar clases, la iglesia, las casas donde residían las monjas y las internas, tenía también una residencia de ancianos. Cuando uno de ellos abandonaba este mundo, los trabajos funerarios tenían que pasar junto a nuestra clase y el patio era el lugar de encuentro familiar del difunto. Para evitar que viésemos algo desagradable, ese día nos alejaban de allí.
       Toda la mañana jugando, qué suerte; me decía mi hermana a la salida.
       
       Para ir al colegio teníamos que cruzar la carretera del cementerio, muchas veces pasaba una comitiva funeraria encabezada por un coche fúnebre tirado por caballos, seguido por un cortejo de gente caminando.

       ¡Fiesta! ¡Fiesta! ¡Fiesta!

       Cuando mi madre lograba sacarme de allí, algo de tristeza notaba en su voz cuando hablaba con los de la comitiva. Igual era que como a Sor Agustina no le gustaba que yo jugase.


       Necesito hablar con Maquiavelo.










18






¡Joder! Mi primer gran amor o, el tamaño importa o, necesito hablar con el que le de las hormonas de crecimiento a Messi.





       Regresaba en el tren y era tan distinto a cuando iba y no porque en esos trayectos tan lentos y tediosos podía observar envejecer a los viajeros. De hecho este viaje comenzó con catorce años y estaba a punto de cumplir los quince.
       Era una vuelta llena de algo parecido a la tristeza, melancolía, descorazonamiento, rabia, depresión, ganas de matar a alguien, pero entonces no sabía bien cómo definirlo.
       Todo comenzó un año antes.
       En mis primeras vacaciones de verano en el trabajo, mis padres me dejaron ir a pasar unos días con mis tíos de Asturias, me acompañaron al tren y para Gijón que allí te van a buscar tus tíos. Vivian en La Camocha, un pueblo minero, donde se fundó el sindicato comunista de CC.OO pero el aliciente de esos días era pasar con mis primos las fiestas del pueblo por la celebración de La Santina. Ya verás que bien te lo pasas con tus primos y sus amigos.
       Y allí me encontré con mis primos, dos chicas de mi edad y un chico más pequeño, mis tíos, más tíos que no conocía, el verdor del paisaje, una lluvia incesante y una cohorte de amigos, casi todos de mis primas, muy preocupados por mi papel en esos días con ellos, ya que todos me contaron, por separado, que mis primas les gustaba y que procurase no contar nada a nadie y los que no les gustaban mis primas me hicieron una lista mental de chicas que no tendría que acercarme ya que eran para ellos.
       Si las fiestas en un pueblo son mucha fiesta, en un pueblo minero la fiesta es más fiesta, al límite de todo. Paseando con mis tíos y viendo tanta señora vestida de negro, no muy mayores, comprendí que la gente de la mina o morían jóvenes por la silicosis o por las fiestas.
       La primera noche era obligatorio estar, pero sin estar, entiéndase: nada de  acercarme a nadie, solo limitarme a saludar cuando me presentaban a alguien y soltar algo parecido a lo siento tengo catorce años pero estoy casado.
       Todo el mundo bailando, todos ¿Todos?
       Mi tía me preguntó que fuese a bailar y lo que hice fue perderme un rato lejos de sus ojos. Luego volví para escuchar la orquesta y a beber los culines de sidra que la gente pasaba.
       Y entonces sucedió. Una niña se puso a mi lado, era la hermana pequeña de unas amigas de mis primas, una chica encantadora, delgada, de piel blanca con algunas pecas y unos ojos verdes increíbles. Sus padres la querían tener controlada y la dijeron que donde estuvieran ellos estuviera ella y como estaban con mis tíos y otros amigos, allí estábamos los dos, moviendo los pies al ritmo de la orquesta, mirándonos de reojo de vez en cuando, acercándonos poco a poco hasta que sin querer estábamos el uno junto al otro.
       La pregunte su nombre y me dijo que le llamaba Maite.
       Su madre se acercó y nos dijo que si queríamos podíamos bailar pero sin alejarnos de ellos. Durante unos cinco volvieron las miradas y pequeños roces con los hombros, como sin querer, después nos pusimos a bailar.
       Estuvimos toda la noche bailando, hablando al oído para poder entendernos por el ruido de la música. Maite tenía doce años. Es pequeña, pensaba, es una enanilla, pero tan guapa.
       Los tres días que duró la fiesta no se separó de mí. Entre nuestras conversaciones al oído surgió algo inexplicable; nos habíamos contado nuestra corta vida, nos conocíamos de memoria, cada roce de nuestros cuerpos hacía que nos estremeciéramos.
       ¿Volverás el próximo año? ¿Seamos novios? Me gustas; esas cosas tan inocentes pero que matan a cualquier edad. Besos en los labios, furtivos, cuando sabíamos que nadie nos veía, besos de un segundo, de esos que son eternos.
       Soñaba con regresar al año siguiente, La escribía carta que enviaba a mi prima para que se las diese y ella me enviaba la correspondencia al periódico para que mis padres no se enterasen de nada. Qué año tan largo.
       Pero todo llega.
       Y llegué en el tren, pensando que tendría que existir viajes sin billetes de vuelta, cogí un autobús y fui al pueblo. A veces uno cree que con conocer el camino es suficiente.
       El recibimiento en casa de mis tíos fue todo un fluido de alegría y buen rollo, todos estaba contentos por poder disfrutar un año más de las fiestas. Mi prima me dijo que en una hora vendrían sus amigas y con ellas Maite. Qué ganas de verla.
       Me senté en el sofá mientras charlaba con ellos hasta que pasó la hora y el timbre de la puerta sonó y mis primas fueron a abrir; preferí seguir sentado.
       A los pocos segundos entraron las amigas de mis primas y entre ellas una chica que les sacaba una cabeza, una chica alta, de compresión fuerte, morena, de ojos verdes. Me levanté para saludar y vi que Maite me sacaba una cabeza, que al hablar la había cambiado bastante la voz, que las pecas estaban acompañadas por una eclosión de acné, que mis brazos no podrían abarcarla al bailar. Nada quedaba de la niña que conocí.
       Entonces no conocía muy bien eso de que las chicas se desarrollan mucho antes que los chicos, pero es que no era normal; seguro que era por los verdes pastos y las vaques asturianas.
       Al saludarnos los dos nos dimos cuenta que el tiempo pasa y no siempre lo hace igual en todos.
       Pasé las fiestas alejado del mundo real, tratando de asimilar ciertos vacíos de la vida.
       Como contaba al principio, regresaba en el tren y era tan distinto a cuando iba y no porque en esos trayectos tan lentos y tediosos podía observar envejecer a los viajeros. De hecho este viaje comenzó con catorce años y estaba a punto de cumplir los quince. Regresaba intentando retener la imagen de Maite con doce años, la fiesta del año anterior, las conversaciones al oído, los besos cortos  y sé que bajé del tren, o eso creo, porque la vida es un continuo viaje.
       Necesito hablar con el que da las hormonas de crecimiento a Messi o, dar una pedrada al tiempo.

       ¡Joder!










19






¡Ave María purísima!  El árbol torcido de los renglones de Dios o necesito confesarme.







       ¡Qué habrá hecho!  Dijeron unos que estaban en la fila para confesarse.
       ¡Con lo pequeño que es! Murmuraron dos monjas arrodilladas unos bancos más atrás.
       Durante la semana me acercaba a escuchar conversaciones de los demás. En clase, cuando nos hablaban de que el domingo, antes de presentarnos puros ante nuestro señor, tendríamos que haber confesado todos nuestros pecados y aunque me sabía de memoria los diez mandamientos, era consciente que era un verdadero santo.
       Todo ello era consecuencia de mi edad, de que al haber hecho la comunión con seis años para pasarme a estudiar con los mayores, hizo que mi vida tuviera algunos episodios llenos de generosa improvisación. (Léase el relato número siete)
       No tuve más remedio que escuchar a los más mayores para poder estar a la altura de la situación, el caso era estar puro ante nuestro señor.

       Uno dijo: el otro día insulté a mi madre y pegué a mi hermano pequeño.
       Otro dijo: que le había robado unas monedas a su madre del bolso.
       Vi a mi hermana como se desnudaba mirando por la puerta entreabierta, se escuchó mientras todos comenzaron a reír y empezaron a preguntar más cosas con cierta ansiedad.
       Escuché que algunos se hacían pajas  y se tocaban sus genitales y hubo más risas y más preguntas.
       No hago ni puto caso de lo que me dice mi padre, dijo alguien y muchos asintieron con la misma culpa.
       Respiré a gusto, ya sabía lo que hacer para llegar puro a comulgar.
      
       En casa me preguntó mi madre que la merienda ya estaba preparada y la dije que era una idiota. Cuando pasó mi hermana a mi lado mientras mi madre me estaba regañando y diciéndome que ya vería cuando llegase papá, la tire del pelo, eran tan bonitas sus coletas. Después, cuando se calmó la tarde, robé unas monedas de la cartera de mi madre y me fui al cuarto de baño, me encerré y estuve tocándome el pito para que ver qué pasaba.
       Esa noche, mi madre habló con mi padre, este me llamó y le grité desde mi cuarto que no pensaba hacerle ni puto caso.

       Y ahí estaba, un domingo por la mañana, arrodillado y puro ante nuestro señor, esperando salir de allí para seguir castigado en casa.

      ¡Qué habrá hecho!  Dijeron unos que estaban en la fila para confesarse.
       ¡Con lo pequeño que es! Murmuraron dos monjas arrodilladas unos bancos más atrás.

       Necesito confesarme.








20

       


La muñeca de mi hermana, los putos vecinos, el sarasa o, necesito hablar con tus labios.

       



       Me gustaba el sabor del carmín, mi hermana decía que era caramelo rojo.
       ¡Mamá! Le llevo a que le vean mis amigas al portal. Mi madre, sin dejar de coser, nos miró y dijo que me parecía a mi tía Petra, esa cuñada de mi padre que cada vez que nos encontrábamos con ella nos dejaba la cara pintada de carmín. Vi a mi madre sonreír.
      
       Unos días atrás mi hermana cumplió años, esperaba ilusionada que le regalasen una muñeca que hablaba y que se le podía quitar la ropa y vestirla, pero el regalo que tuvo fue un reloj de chica, unos recortables de mariquitas y una tarta con ocho velas; en la mía hubo sólo cuatro.
       Esa tarde me llevó a su cuarto y me dijo que me sentara y me estuviese quieto que íbamos a jugar a los disfraces, dio unas cuantas vueltas alrededor de mí colocándome el pelo para todos los lados y luego me llevó, diciendo que estuviese en silencio, a un viejo baúl que mi abuela tenía en su habitación y que estaba lleno de ropa antigua.
       Mi pelo era muy largo, lo suficiente para notar como las horquillas se unían a los rulos, como las gomas sujetaban una coleta que se recogía por mi nuca o como tiraba hacia arriba un moño.
       Mi hermana se decidió por el moño.
       Luego estuvo empolvando mi cara y poniéndome coloretes con cosas que trajo de la habitación de mamá, me dijo que cerrara los ojos y noté que unos pinceles se deslizaban por mis párpados y mis cejas. Era agradable.
       Dijo que me pusiera de pie y levantase los brazos y me puso un cancán que olía a naftalina y que en su tiempo debió ser blanco.
      
       ¡Mamá! Le llevo a que le vean mis amigas al portal. Mi madre sonreía.
       Fue largo bajar al portal. Mi hermana llamó a los timbres de los vecinos de los pisos, a los del segundo, a los del tercero, a los del primero, a los del bajo. Fue un abrir de puertas que nunca se cerraban. Todos me miraban y se reían:
       ¡Ay Dios!
       ¡Está preciosa!
      ¿Y ese cancán?
      ¡Haberlo puesto coletas!
       Todos me tocaban el moño, Madres, hijas, hijos, abuelos. Todos.
       En el portal de la casa ya no estaban solo las amigas de mi hermana, era toda la vecindad de la calle la que había venido a verme.
       Alguien dijo que parecía un sarasa, mi hermana les contó que era su muñeca de cumpleaños. Volví a escuchar lo de sarasa. Ya no escuchaba ninguna sonrisa.
       Di una patada a quien me estaba tocando el moño y varias más para poder escapar de allí, corrí por la calle mientras trataba de quitarme aquellas enaguas viejas, mi hermana y sus amigas iban detrás.
       Me castigaron por dar patadas a la abuela del bajo, a una niña del primero, a una madre del segundo y a un señor del tercero, también por romper las enaguas de mi abuela.
       Ya no fui más la muñeca de mi hermana pero aún me gusta el olor del caramelo rojo.

       Necesito hablar con tus labios.







21





Los espíritus de mi hermana, éramos poco y parió mi abuela o, necesito hablar con Iker Jiménez. 




       Huesos, caras demacradas, destellos en la oscuridad, puertas que chirrían, todo eso parecía existir en mí. Menos mal que mi padre me dijo que cuando tuviese miedo, si me agarraba de las orejas no tenía nada que temer. Llevaba unos días que estaba casi todo el tiempo agarrándomelas.

       Mi hermana me preguntó por qué los indios vivían en el fuerte y los soldados estaban todo el día caídos por las baldosas. Me dieron ganas de tirarla de las coletas. Me extrañó que se agachara a mi lado. Al rato se acercó a mi oído y me dijo: Veo y hablo con espíritus.
       No le cuentes esas cosas, dijo mi madre, es pequeño y lo vas a asustar, luego siguió cosiendo.
       Mi hermana se incorporó y se fue corriendo a su habitación gritando que era verdad.
       Por el pasillo, con la mano agarrándome una oreja pensaba en ello. Mi hermana habla con espíritus, dice que son familiares que han muerto, que visten normal, que la cuentan cosas, que la acarician cuando se despierta, que están por la casa pero yo no los puedo ver, que se sientan en el sofá, en el borde de la cama, que caminan al lado de nosotros. Al final del pasillo, vi a mi hermana arrodillada y rezando junto a su cama. Me agarré las dos orejas. Menos mal que me contó que no nos van a hacer nunca nada malo y que están aquí para protegernos.
      
       En un momento de esos en que mis orejas estaban libres, en la calle, un niño me miró mal y comenzamos a empujarnos y aprovechando esa extraña sensación de no verme vigilado por mi madre desde el balcón, cogí una piedra del suelo y…
       Pensé que al igual que yo, él también podría tener espíritus que le protegieran, entonces de nada me serviría mi puntería ya que si tiraba al su cuerpo los espíritus lo  moverían para un lado, así que tendría que tirar a un lado, pero a cuál, sus espíritus lo moverían al lado contrario. Eso pensaba, aún recuerdo esos segundos tensos viendo la cara de miedo del chico.
       …Apunté a su cuerpo y tiré la piedra a su lado izquierdo y di un cantazo a un señor que pasaba por allí en una pierna;  no tendría espíritus que le protegieran.

       Cuando mi padre me agarró de las orejas, me pregunté dónde estaban mis espíritus protectores. Igual a mi papá se le quitaban sus miedos agarrando mis orejas en vez de las suyas.

       Necesito hablar con Iker Jiménez.







22





Al niño un mosto, ya beberá cuando sea mayor o, necesito hablar con Baco.






       Se abrió la puerta de la gerencia y se escuchó: Que venga José María inmediatamente.  También se escucharon pequeñas risas.
       Que vaya el aprendiz de oficios a buscarlo, estará en la churrería de enfrente, dijo alguien. Si no está ahí que lo busque en los bares cercanos. El reloj marcaba las nueve de la mañana.
       No hizo falta ir a otros bares cercanos, José María, estaba en la churrería bebiendo una ginebra. Cuando le dije que el gerente le estaba buscando le dijo al churrero que le pusiera otra copa y a mí también.
       Que espere el gerente, que esperen las prisas. Cogí la copa, a mi padre le encantaba la ginebra.

       Es muy pequeño, tiene seis años, no me hace gracia tenerlo de monaguillo en misa. Dijo el padre.
       No se queje, padre, ya sabe que lo de pasarlo a estudiar con los mayores fue idea de la Superiora y además se van turnando, dos diferentes en cada misa. Igual siendo tan pequeño le entra la vocación de santo. Eso lo dijo una monja.
       Si usted supiera, menos mal que no puede saberlo por el secreto de confesión, si usted supiera. Se quejó el padre.
       Venga, venga, que el pobre lleva unos meses malito, vomitando casi todos los días. Le animó la monja.
      Mientras no devuelva hoy en el altar. No puso buena cara el padre.
       Se me hacía raro ver la iglesia desde otra perspectiva, todos los chicos sentados en los bancos de la izquierda y las chicas en la derecha. Hoy no estaría con los que estaban continuamente mirando a los bancos de al lado. Yo miraba también, a veces veía a mi hermana, por lo demás los bancos eran los mismos de siempre. Hoy no me llevaría ningún tirón de pelo de las monjas por mirar los bancos de madera.
       Pedro me hizo una señal y fui con él, a solas en la sacristía se acercó a un armario cerrado con las llaves puestas y dando una vuelta abrió, sacó una botella y me dijo en voz baja: Calla, bebe, ya verás que rico está. Era verdad estaba dulce, como lo que nos daba mi padre en las cenas de navidad. Estaba rico, muy rico.
       Pedro bebió más, para eso era mayor, estaba en el último año de cole, ya había cumplido los catorce años y a veces le escuchaba hablar de que se pondría enseguida a trabajar. Estaba rico lo de aquella botella.
       Cuando entró el cura a prepararse, Pedro estaba muy locuaz y yo en un silencio insomne.
       Mientras el cura se ponía una especie de bufanda morada, me miró y me dijo: Tú, hoy no se vomita. Le sonreí.
      
       Al entrar al periódico, José María se fue al despacho del gerente. El reloj marcaba las diez. Me fui al departamento de publicidad, en donde estaba esos días aprendiendo las facturaciones a hacienda, me senté a mirar papeles y hacer números. Sonreí.
       Eché de menos no vomitar, como un día en la iglesia del cole cuando el alumnado comulgaba.

       Necesito hablar con Baco.








23


     

Este niño no se logra. La madre que parió a mi padre o, necesito hablar con mi karma y con mis hijos, para decirles que no quiero ser abuelo.



       

       Este niño no se logra. Cuando mi abuela soltaba esa frase mi madre se enfadaba con ella. No diga esas cosas, mujer, pobrecillo.
       Al “pobrecillo” se lo dijo al verme recién nacido, cuando mi hermana me puso el gancho de la lumbre en el ojo, cuando bebí aguarrás, siempre que vomitaba en el cole, cada vez que me acatarraba o sufría una gripe, cuando iba mi madre a por los resultados de mis análisis de sangre, cada vez que adrede me subía en su cama y comenzaba a dar saltos tratando de caer sobre una uña del pie que siempre la molestaba.
       Este niño no se logra. A veces pienso que toda la infancia fue una lucha por sobrevivir  a esas palabras.
      
       A las cinco de la mañana mi abuela ya estaba en pie. Cuando mi padre se iba a trabajar, mi hermana y yo, antes de ir al cole, nos vestíamos de domingo y aparecíamos por la cocina en donde estaba sentada mi abuela, cuya memoria flojeaba y la deseábamos un feliz domingo.
       ¿Ya es domingo?
       Sí abuela, la propina.
       Parece que fue ayer, mascullaba, mientras echaba mano a una vieja cartera, sacaba unas pesetas y nos las daba. Eso lo solíamos hacer dos o tres veces a la semana.
       Formaba parte de mi venganza o ¿Era mi hermana la que movía los hilos?
       Mira, me decía mi hermana, tengo polvos pica pica y me daba una bolsita. Con unos polvos de esos en una de las manos me acercaba a mi abuela, cuando se quedaba dormida en su silla o en el sofá, soplaba hacía su cara y salía pitando a mi cuarto.
       Mi abuela estornudaba y se quejaba por el constipado que había agarrado mientras se limpiaba con un moquero tan negro como su vestido y mi madre trataba de calmarla.
       Otras veces antes de sentarse en su silla, con asiento de hule, que con el paso del tiempo había producido una pequeña hondonada, dejaba caer agua fría de un vaso que tenía preparado en ese espacio. A los pocos segundos mi abuela se levantaba preocupada tocándose las posaderas y yéndose al cuarto de baño mientras se quejaba de que se había meado y no se había enterado.
        No se preocupe usted, escuchaba decir a mi madre.
       Cuando la veía venir por el pasillo y estaba jugando a la pelota tiraba fuerte, adrede, para ver si la atizaba en la uña mala de su pie.
       No soportaba ni sus gritos de dolor ni que me llamase tirillas junto a la coletilla de este niño no se logra.
       Cosas de niños, le decía mi madre, si es un santo y escuchaba algo de un diablo a mi abuela.

       Necesito hablar con mi karma y con mis hijos, para decirles que no quiero ser abuelo.









24






       La primera vez con una chica en cine, el tiburón de los huevos o, necesito hablar con Steven Spielberg.

       La fila de los mancos, alguna vez alguien comentó algo, algún amigo mayor, tal vez en algún bar cuando hablaban los amigos con mis padres. Algo escuché, sí.
       La cola para entrar en el cine era tan larga que antes de entrar ya casi se nos habían terminado los temas de conversación. A Patricia la conocí porque sus padres tenían un kiosco cerca del periódico, algunas veces iba a por más ejemplares, otras veces me acercaba yo con tres diarios y se los cambiaba por un paquete de cigarrillos; chanchullos míos.
        El caso es que allí estábamos, en la cola para entrar al cine, yo con las entradas de la mano y ella haciéndose rizos en su cabello rubio con los dedos. Me encantaba Patricia. Era la primera vez que iba al cine a solas con una chica y por la cabeza me rondaba en qué momento nos daríamos la mano, en qué momento rozaríamos nuestros hombros, quizás un beso en la oscuridad, quizás…
       Todo el mundo quería ver Tiburón, todo el mundo, a toda costa, la crítica y el boca a boca, el no te la pierdas de los amigos, de los compañeros de trabajo, incluso mi padre aconsejándome que no podría perdérmela. A mi padre le entusiasmaba el cine, siempre me avisaba: está noche dan en la tele una película de Jon Vayne, de Jon For, de Cari Gran, Bogar, Caterine Erpun; era el inglés de entonces.
       Si las circunstancias de los quizá eran cautivadoras, añadidos a la ansiedad de una película que todo el mundo calificaba de terrorífica, llena de sustos, tensión y emociones, había que añadir que el cine era recién estrenado, con pantalla panorámica y nuevas tecnologías de sonido. En algunos momentos parecía que el tiburón podría mordernos. Eran buenas circunstancias para una tarde de domingo.
       Nuestras butacas estaban situadas en la mitad de la sala, nada de al final, donde las filas de los mancos.
       Qué hijo de puta el Spielberg, como sufríamos todos, que mal lo estaba pasando viendo que no era tan sencillo apoyarse en el hombro de Patricia, pensé en hacerme el dormido y apoyar la cabeza en su hombro pero con los sustos del pez ese, los gritos y los murmullos de la gente era imposible que alguien pudiese quedarse dormido.
       Pero…
       Escuchaba la respiración de Patricia, incluso podía escuchar los latidos de su corazón. De vez en cuando nos mirábamos de reojo pero eran miradas muy cortas ya que siempre pasaba algo emocionante en la puñetera pantalla panorámica curva.
       Pero…
       Un bote de pesca en la noche, en medio del mar, solitario y el  Scheider,  el Shaw  y el Dreyfuss, con un par, lo abordan y lo registran, y cuando parece que está abandonado, la música abandonando la sala, de pronto abren una escotilla y aparece una cabeza de un hombre devorado del tamaño de toda la pantalla; hasta las paredes temblaron del susto, hasta yo temblé del susto al notar que Patricia me agarró del brazo y sentí hasta las uñas traspasándome mi brazo derecho. Temblé al notar que alguien se aferró a mi brazo izquierdo y que sus uñas penetraban más que las de Patricia.
       Patricia ya no se soltó de mi brazo en toda la película.
       Pero…
       Cada vez que el Spielberg nos regalaba una emoción y, fueron demasiadas, en mi brazo izquierdo se quedaban las uñas de una chica que estaba viendo la película con unas amigas.
       Cuanto me gustaba Patricia.
       Preferí no estar en la fila de los mancos.

       Necesito hablar con Steven Spielberg.







25




Solo ante el peligro, la televisión, los putos dos rombos o, necesito hablar con los censores, a pedradas.




       Solo se salvó el cura, agarrado a la campana de la torre de la iglesia, que era el lugar más alto, el resto del pueblo fue arrasado por las aguas del pantano.
      Se fue al kiosco a gastar la propina del domingo y nunca más se volvió a saber nada de él, seguro que lo metieron en un saco y se lo llevaron para sacarle toda la sangre.
      Cosas así nos contaba mi madre después de cenar, al calor de la cocina bilbaína, antes de irnos a dormir.
     Una vez en la cama no dormía, pensando en la campana más alta de la ciudad, en que algún día me metería en un saco y adiós a mi sangre, que llamarían por la noche a la puerta y me llevarían a dar un paseo por rojo, un paseo del que no se regresaba.
       No dormía.
       Cuando cumplí los siete años trajeron a casa la primera tele de la familia, en blanco y negro. Ya éramos como tantos otros, ya se terminó eso de ver los toros en los bares, o en casa del vecino, ya podía ver las pelis de indios sentado en el sofá.
       A veces era más divertido ver a los que miraban la televisión.
       Mi padre, que no pudo estudiar por la guerra, se sabía de memoria la alineación del Madrid, del Barca, de los atléticos, del Valencia. En los bares, cuando jugaban con las cartas, con solo mirarlas unos segundos sabían que tanteo tenían, quién había ganado o perdido; sin embargo, en un papel con números era incapaz de hacer una suma con rapidez. Me encantaba ver a mi padre celebrar los goles, o irse a la cama sin apenas cenar cuando los eliminados eran españoles. Mi padre cenaba poco los días de fútbol.
       Mi madre se sentaba a ver las películas y por sus ojos pasaban las historias de amor, las lágrimas, los suspiros y sacaba a relucir todo su carácter pesimista; siempre estaba haciendo comentarios: Ay que lo pilla el coche, ay que está enfermo y se muere, ay que no la quiere. A veces me sentía como uno de los protagonistas.
       Para mi abuela, que nació en el 1888, la llegada de la televisión la causó un impacto enorme. Saludaba cuando en los telediarios daban los buenos días, las buenas noches y, cuando en alguna película la protagonista tenía un romance la empezaba a insultar; ¡Será puta! ¡Si tiene marido! Cuatro hostias bien dadas, es que la arrastraba del pelo por el suelo ¡Zorra!
       Mi hermana fue la que encajó con mayor normalidad todo aquello. Celebraba con papá los goles, lloraba con mi madre, e insultaba a las protagonistas con mi abuela.
       Está noche hay una peli de Jon Vaine, la acaban de anunciar, mi padre avisaba de la programación cinéfila, cuando llegaba la hora todos estábamos en el sofá para verla. Pero…
       Niños a la cama que tiene dos rombos y es para mayores de dieciocho años.
       Eso pasaba casi todas las noches, dos rombos en la televisión y a la cama. Mi hermana rezaba, como casi por todo, para que los dos rombos no aparecieran; me hacía rezar con ella.
       Si con las historias de mi madre no dormía, con la televisión tampoco, ya que desde la habitación intentaba escuchar lo que pasaba con la película. La de pelis y series que escuchaba.
       ¿Han matado al malo ya?
       ¡Duérmete!
       Me costaba dormirme. Echaba de menos las historias de mi madre en la cocina; esas no tenían dos rombos.

       Necesito hablar con los censores, a pedradas.








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Mi primer libro, el valor de las putas palabras o, necesito hablar con Cela ¡Joder!


       Mi hermana iba contándole a mi madre que en el diccionario habían buscado las palabras; virgen, santa, monja, colegio, familia, iglesia y misiones. Caminaba a su lado, con dolor en la oreja y en el alma. Al salir castigado del cole, mi madre me dijo eso de; ya verás cuando se entere tu padre.
      
       Unas horas antes.
       Era mi primer diccionario, estaba contento de tener lo que consideraba mi primer libro a los seis años, ya que todos los demás eran heredados de mi hermana. A la segunda semana del curso todos los alumnos tenían que llevar un diccionario comprado en una librería que nos dijeron las monjitas. De camino al cole me sentía especial al llevar un libro tan nuevo como el de mi hermana.
       Al llegar a la entrada de la clase había un barullo de compañeros con los diccionarios en las manos. Uno de los que ya tenía bigote dijo:
       He buscado puta.
       Otro comentó; yo joder.
       Uno, no tan pequeño como yo, comentó que había buscado pito. Se escucharon risas.

       Alguien hablo sobre vagina. Hubo más risas.
       Antes de comenzar la clase me dio tiempo a buscar la palabra puta.
       Sor María nos dio los buenos días y celebró con entusiasmo que todos lleváramos nuestro nuevo libro, nos habló sobre su utilidad para enriquecer nuestro vocabulario y luego nos preguntó si habíamos buscado alguna palabra y levanté el brazo.
      
        Necesito hablar con Cela ¡Joder!










       
      27





      El puto concepto de la belleza, la películas de las monjitas o, necesito hablar con Platón, con Kant y esconderme de mi padre.





     Ya verás cuando se entere tu padre. Mi madre dijo esa famosa frase, tan familiar y mi hermana me miró como si fuese un proscrito.

     Los miércoles por la tarde, en clase, rezábamos el rosario con las monjitas. Los jueves nos llevaban a un salón de actos, en donde colocaban una pantalla y proyectaban una película que, según ellas, serviría para formar buenos cristianos y mejores personas.
      Los miércoles por la tarde me dolía el pelo de los tirones que me daban por quedarme dormido, los jueves mi hermana estaba decidida a ser monja, santa y mártir ¿La cabrían las coletas entre la toca?
       Rezaba en casa, arrodillada al borde su cama, porque quería que se la apareciera la virgen cómo a los niños de Fátima, llevar la vida de San Bernardette, porque me pareciera a Marcelino pan y vino o fuese de mayor Fray escoba, quería ser leprosa como la novia de Ben Hur.
       No quiero ser fray escoba, le decía enfadado, me tiraba del pelo y se ponía a adorar a Dios. Era terrible, cada día se asemejaba más a ellas.
       No quiero ser Marcelino pan y vino. Niños estaros quietos, ya verás cuando venga vuestro padre. Era terrible.
       Cada vez que veía a mi hermana arrodillada algo se revolvía en mi interior. Además cuando no estaba rezando o haciendo sus deberes, se dedicaba a hacer figuras de santos con plastilina que, en cuanto se descuidaba, estrujaban mis manos.

       Un jueves, después de una de esas películas, unas monjitas se me acercaron y me dijeron: También de mayor querrás ser santo como tu hermana, nos ha dicho que quiere ser monja, como nosotras. Las dije que eso era imposible, que ella era buena y guapa.


       Necesito hablar con Platón, con Kant y esconderme de mi padre.









28



        Milagros… ¡Putos milagros! O, necesito hablar con el que convierte el agua en vino.

      


Después de la cena de Nochebuena, pasaron a casa unos vecinos y empezaron a brindar y a cantar villancicos. Yo sonreía, con mi vasito de vino dulce.

     
       Antes de esa fecha:

       Me encantaba el olor a menta. Ese verano, por las tardes, cuando mi hermana me mandaba limpiar la boca, me hice adicto a ese sabor.
       La miraba y no entendía como podría estar castigada todo el verano, si cantaba las tablas de multiplicar mejor que yo. Cada vez que mi madre la decía que a estudiar toda la tarde, que parecía mentira que su hermano pequeño sacase mejores notas que ella, sus ojos me penetraban como una herida.
       Mamá pasaba algún tiempo en casa de la vecina, cosiendo juntas y viendo una novela por televisión. Mi hermana recitaba las capitales de europeas y yo intentaba quitarme el calor jugando a matar a los soldados del fuerte; era un apache más: según mi madre un pies negros.
        Ayúdame y sujeta la silla, dijo mi hermana.
      Encima del mueble del salón, mi padre acumulaba una colección de botellitas de propaganda que le regalaban en los bares, una vez las conté y había más de sesenta, sin contar un botellón gigante de coñac con una malla dorada. Era una de las cosas que a mi padre le hacían sentir orgulloso, su colección de botellitas de muestra.
        Nunca digas nada, huele esta y da un traguito, es ginebra, lo que toma papá antes de ir a trabajar, pero nunca digas nada, me dijo mi hermana.
       Luego ella enroscaba la botellita y nos lavábamos la boca, cuando alguna botella se terminaba la rellenaba con agua. Sonreía mientras escuchaba cantar las cordilleras de España.
       Esto es anís, lo que suele beber mamá cuando hay alguna fiesta. Estaba rico, la menta también.
       Esto es whisky, coñac, brandy, vino dulce, bourbon, tequila, ron. Ese verano empecé a hacerme adicto a la menta de la pasta dental y a sonreír.
      

       
       Los villancicos, las canciones de siempre, los brindis y un alborozo inusual hicieron que el mueble bar quedase bajo mínimos. Un vecino habló de ir a por botellas y mi padre señaló los botellines de su orgullosa colección y dijo algo parecido a que era una buena ocasión para utilizarlas.
       La mesa se llenó de botellitas mientras todos elegían cuál beber. Miré a mi hermana y noté en sus ojos las palabras de no digas nada y sonreí mientras mi hermana se fue a esconder a su cuarto.
       Como me gusta la menta.


       Tengo que hablar con el que convierte el agua en vino.










29






El abominable hombre de las nueve,  ¡Es usted un pelele! ¡Inútil! ¡Quítese de mi vista! ¡Tonto! O, necesito hablar con El Lute.




           ¡Es usted un pelele! ¡Inútil! ¡Quítese de mi vista! ¡Tonto!

        Mi primer año en el periódico no fue sencillo, sobre todo cuando tuve que pasar unos meses en el departamento de publicidad para que conociese a sus empleados y su forma de trabajar. Donde se cocinaba la economía de la empresa era un lugar aburrido, un medio de comunicación sin anuncios no sobrevive, era tedioso estar todo el santo día pendiente de la entrada de publicidad, tanto de agencias de la ciudad, provincias, internacionales o los anuncios por palabras y esquelas.
         ¿Aburrido?
       A las ocho ya estábamos todos en la oficina, todos menos el jefe que llegaba a las nueve, después de aparcar su flamante BMW. Igual si tuviese un coche normal llegaría una hora antes.
       Después de saludar con cara de úlcera de estómago se encerraba en un pequeño despacho acristalado y daba un vistazo al diario para dar un repaso a los anuncios y leer las páginas de sucesos. Se le escuchaba hacer algunas llamadas para reservar restaurante y asado de lechazo y luego, si todo estaba bien, se nos iba a tomar café al Casino y volvía al mediodía fumando un Cohíba y oliendo a café con whisky.
       Si era final de mes, llamaba a algunos empleados y les daba, un sobre con dinero extra, al margen de la nómina que les llegaba desde la administración.


       Pero no siempre es final de mes, ni todo estaba bien todos los días.

      Algunas veces desde el espacio acristalado se escuchaba primero un NOPUEDESERJODER O MECAGOENLAPUTA, para después gritar el nombre del primer oficial administrativo antes de que se oyera  ¡Es usted un pelele! ¡Inútil! ¡Quítese de mi vista! ¡Tonto!
      Luego se podía ver salir al administrativo, colorado hasta la calva, haciendo leves reverencias mientras desde el resto de las secciones del periódico se escuchaban risas y jocosos comentarios y la gente que estaba solicitando alguna gestión se persignaba.
       Es que una página de coches que tenía que ir en la página siete, la han sacado en la dieciséis (Las páginas impares son mejor para los anunciantes porque los anuncios se ven mejor).
       Es que un anuncio de restaurantes que en vez de estar en las páginas de deportes lo han colocado junto a las esquelas.
     Esos eran los principales motivos de las llamadas al administrativo y los insultos. Después de intentar disculpar su trabajo diciendo que la culpa era de los de enmaquetación, todo se solucionaba llamando a la agencia de publicidad del anunciante para solventar el error y volver a publicar el anuncio en la página correspondiente. Esos anuncios, que no se pagaban por propios errores, pasaban a una cuenta, llamada de compensación, que no tributaba a Hacienda.
        Los que recibían también un sobre extra eran los que llevaban la facturación publicitaria para la hacienda estatal.
       Una mañana, aprendiendo con ellos como se realizaban las facturaciones, pude observar que la mayoría de las cuentas de compensación pertenecían a una famosa marca de coches y a los mejores restaurantes de asado de la provincia.
             Al poco tiempo me llamó el abominable hombre de las nueve y me comentó que estaba satisfecho con mi dedicación y que estaba dispuesto a hacerse cargo de mí como empleado en su sección de publicidad, que recibiría un sobre extra a final de mes y le dije que si era para poder insultarme yo insultaba gratis y que me gustaba más la redacción.
      Cuando salí de trabajar vi que el jefe de enmaquetadores aparcaba también un BMW.

       ¡Es usted un pelele! ¡Inútil! ¡Quítese de mi vista! ¡Tonto!

       Necesito hablar con El Lute.









30  



    

      Dios todo lo ve ¡Joder! O, ¿Solo Dios? Necesito hablar con el Rey del país de los ciegos.

       


         Creo que fue la primera vez que tuve miedo, cuando me metieron en la cabeza que Dios todo lo ve. Dios era como mi madre.

       Los libros de Historia Sagrada me fascinaban, era como estar viendo una película de romanos, una de esas que ponían por televisión en Semana Santa, pero llegó un día en que me di cuenta que siempre era Semana Santa.
       De mi madre podía escapar de su mirada. Si me pegaba con alguien en la calle nos alejábamos, después de convencer a mi enemigo, a la vuelta de la esquina para que ella no pudiese verme desde el balcón o las ventanas de la casa.
     Tuve la mala fortuna de que el colegio de Jesuitas estaba emplazado enfrente del edificio donde vivíamos y cada vez que salíamos a jugar al patio veía como mi madre se asomaba a la ventana. Mis peleas en los recreos las tenía que hacer debajo de las tapias para que no se diese cuenta, hasta que llegaban los conserjes y los de las sotanas a separarnos, entonces ella podía ver como llevaban a su hijo agarrado de una oreja camino del despacho del director y evaluar la situación, mientras enhebraba la aguja para coser, después, alguna camisa o jersey.
       Todas las broncas de los curas terminaban con un: Esto lo confiesas el domingo antes de comulgar, ya sabes que Dios todo lo ve. Menos mal que tenía buena memoria, no era como mi hermana que apuntaba todos sus pecados en una libreta.
       La vida estuvo condicionada en ese tiempo en que todo lo veía el Todopoderoso. Llegó un momento en que todos los de la clase estábamos amargados:
       ¿Robamos las gafas a fulanito?
      ¿Escondemos los deberes de menganito?
       ¿Pegamos a este?
       ¿Damos un balonazo al profe de mates?
       Cualquier propuesta estaba sometida a un análisis y una censura final: Dios todo lo ve. Aun así...
        Un día tuve la idea de vendar los ojos a los cristos de casa, para vengarme de mi hermana, pero se me olvidó pensar que también tenía que haber vendado los ojos a mi madre.


       Necesito hablar con el Rey del país de los ciegos.











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      El estante vacío de los libros o, en la guerra no se estudia ¡Joder! Necesito hablar con alguien impuntual ¡Ya!

       Mi madre estaba contenta cuando llevaron a casa un mueble para la sala de estar. En unos cajones colocó unas mantelerías, cubiertos, una carpeta donde guardaba todas las facturas y algunos sobres con fotografías antiguas. En dos espacios laterales guardó parte de la vajilla, la mayoría de ella conseguida por los puntos que daban por las envolturas del chocolate que compraba para las meriendas; cien envolturas una docena de platos, vasos, juegos de café, de té, cubiertos, balones… nunca veía balones, solo platos.
       Un gran espacio que permaneció vacío hasta que llegó la primera televisión a casa, una tele en donde colocaron encima una figura de un toro y una bailarina de flamenco, como en casi todos los hogares.
       También tenía un espacio cerrado con llave que lo llamaban el mueble bar y que enseguida se llenó de botellas y, un pequeño estante para libros que tardó más tiempo en estar ocupado.
      Mis padres no sabían leer, mi padre algo, pero no de forma fluida, mi madre no pudo ni aprender a escribir. Cosas de la guerra.
       Cuando hacía los deberes, algunas veces se ponía junto a mí y en mis cuadernos de caligrafía buscaba las letras de su nombre y luego, sin que se le notase, lo escribía con un lapicero en un papel. Así aprendió a escribir su nombre. Cuando íbamos a algún lugar y firmaba se le notaba en la cara un gesto triunfante.
       Mi padre leía los domingos el periódico, sobre todo las páginas de deportes, me sentaba a su lado y me decía; ha ganado el Madrid por cuatro a uno y ha jugado este u otro jugador. Todo lo leía con paciencia en los titulares y viendo las fotografías.
       Un día vino un amigo de la familia que se dedicaba a vender libros por las casas y estuvieron tomado medidas del estante.
        Dijo algo parecido a: tenemos una colección de veinticuatro clásicos pero aquí no cabe, ni tampoco la de dieciséis, tiene que ser la de doce.
       Los doce primeros libros de la biblioteca de casa, encuadernados en rojo y con los títulos dorados, forrados en plástico transparente.
       Los Miserable, Ivanhoe, La Ilíada, La vida de los Césares, La cabaña del Tío Tom, La vuelta al mundo en ochenta días, Las aventuras de Tom Sawyer… recuerdo que los abrí y la letra era minúscula y pensé, a mi padre le gustan mucho más grandes.
       Alguna vez los miraba pero nunca le vi con ellos de las manos.
       Pero…
       Algunas veces hablaban el que no sabía leer y la que no sabía firmar y les escuchaba mientras jugaba con los ciclistas por las baldosas del suelo:
       Esta noche echan La Caída del Imperio Romano, esa de Nerón cuando incendia Roma y persigue a los cristianos.
       Mañana echan la de Ivanjoe, que guapa la Elisabel Tailor, la queman al final.
       Van a poner la Cabaña del Tío Tom, pobre.
       Han anunciado la vuelta al mundo en ochenta días, nos reiremos con Cantinflas.

       Dejé los ciclistas por el suelo y cogí el libro de La vuelta al mundo en ochenta días, no encontré ningún personaje llamado Cantinflas. Me dio pena que no pudiesen leer o, igual eran unos tramposos, pero desde entonces me volví demasiado puntual.

       
         Necesito hablar con alguien impuntual ¡Ya!









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       Los putos recados o, necesito hablar con el inventor del cine de las sábanas blancas.



       
      
       Mi hermana estaba castigada, pobre, la habían hecho responsable de que me agarrara a la pata de la mula del carro del piñero, mientras éste subía sacos de piñas a los vecinos. Cuando una vecina avisó a gritos a mi madre yo trataba de subir a lomos de un potro salvaje, para mí era eso, mi caballo de indio, no una mula vieja.
       Algunos viandantes le dijeron a mi madre que no gritase para que no se espantara el potro salvaje y les hizo caso ya que sufrió una especie de desmayo. Mi hermana, mientras tanto, se quedó paralizada.
       Cuando llegó el piñero y logró despegarme de la pata trasera dijo algo de los milagros de Dios, igual estudió también el colegio de las monjitas.
       Mi padre me dijo que no volvía a ver ninguna película de indios y vaqueros, también me requisaron el fuerte.
Como mi hermana estaba castigada sin salir de casa, mi madre me responsabilizó de ir hacer pequeños recados, comprar el pan, ir a por la leche.
       Lo peor de todo era hacer la cola en la calle junto a las señoras para esperar la llegada del camión del hielo, solía llegar sobre las once de la mañana, pero raro era el día que no llegaba antes de las doce y, mi madre, estaba deseando tener el hielo en casa para meterlo en cubos y poner allí la carne, el pescado y las botellas de vino, agua, cerveza y gaseosa para que estuviesen frías cuando llegase mi padre del trabajo a comer. Lo peor de todo era que esas botellas las había llevado yo a casa. Estaba harto de hacer tantos recados y pasar tanto tiempo esperando al del hielo en vez de estar tirando piedras o pegándome con alguien.
       El sábado siguiente mi padre me dijo si quería ir al cine de las sábanas blancas a ver una película de Apaches y casi se me sale el corazón del gozo. Le dije que sí y mi padre me llevó a la habitación, me señaló la cama y dijo: Ese es el cine de las sábanas blancas. Entonces sí se me salió el corazón. Antes de quedarme dormido, muy enfadado, pensé en por qué el repartidor del hielo llevaba guantes en pleno verano. Al día siguiente mi madre me explicó que era para no quemarse las manos con el hielo.
       Cuando me levantaron el castigo y me volvieron a dejar el fuerte, lo llené de hielo pero no ardía. Aún recuerdo la cara de mi hermana cuando a la mañana siguiente me vio jugando con el fuerte, con un mechero y unos guantes en las manos.


       Necesito hablar con el inventor del cine de las sábanas blancas.




  





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                 Truco o trato, Doña Inés o, necesito hablar contigo, o con esta, o con la otra.



       


       Es feo para hacer de Don Juan; esto lo dijo un jesuita.
      
Cuando se acercaba el día de los difuntos mi hermana rezaba más que nunca, cuando no lo hacía la castañeaban los dientes. Mi madre, durante la cena, nos contaba, en esa proximidad festiva, la muerte de algunos familiares, amigos, vecinos; era fascinante escucharla y ver los ojos de mi hermana.

       En la tele la mayoría de las películas tenían un rombo o dos, así que nos tocaba escucharlas desde la cama.
       ¿Ha muerto ya el malo? Decía alguien.
       ¡Que te duermas! Me decía mi madre.
       Los martes programaban un espacio de teatro que se llamaba Estudio 1, la censura no lo puso rombos y estaba considerado para todos los públicos, deseaba que fuese siempre martes.
       Entre los bostezos de mi padre pude ver Historia de una escalera, Doce hombres sin piedad, La muerte de un viajante, Hamlet, Tío Vania… y, cuando llegaba la fecha del día de los difuntos programaban Don Juan Tenorio.
       Era la comidilla de la vecindad, si el actor daría la talla, si la que hacía de Doña Inés era guapa, pero igual no para ese papel. En todos los lugares se hablaba de tal acontecimiento, más teniendo en cuenta que Zorrilla, el autor, había nacido en la ciudad, más cuando hasta en el colegio nos indicaban que viésemos la obra y que aprendiésemos algunos de sus versos, más teniendo en cuenta que el colegio se llamaba La Sagrada Familia y era filial del Instituto Zorrilla de la ciudad, más cuando a los ocho años un hermano de mi padre me regaló el libro, más cuando algunas tardes mi hermana hacía de Doña Inés y yo la leía los poemas, todos menos el último acto, el del cementerio, porque a mi hermana le daba miedo lo de pensar en los muertos, las tumbas, los panteones, las estatuas.
      En el colegio se les ocurrió a los Jesuitas hacer una representación del Tenorio con los alumnos y, en cuanto me enteré, apunté mi nombre entre los candidatos a actores. El día que nos reunimos para tener una primera toma de contacto una cosa quedó bien clara: Me sabía de memoria la obra.
       Durante unos días soñé con ser el elegido para interpretar a Don Juan, tener una Doña Inés que no fuese mi hermana, que no le diese miedo de llegar al último acto.
      
      Es feo para hacer de Don Juan; esto lo dijo un jesuita.
      Con el mostacho postizo y el sombrero se puede arreglar algo; esto lo dijo otro jesuita.
       ¿Y si le ponemos de apuntador? Se la sabe de memoria. Ya saben quién dijo esto.
    Me eligieron para el papel y durante unas semanas fui la comidilla del colegio y de la vecindad. ¿Dará la talla? Seguro que se le atragantan los versos. No le veo, no. Ya veremos. Era estupendo sentirse como si fuese un actor de los de la tele.
       Pero…
     Al ser un colegio solo de chicos, el papel de Doña Inés lo hizo un compañero, al que colocaron un vestido de novicia y una peluca. Fue terrible. Deseaba estar en casa para declararle mi amor a mi hermana ¿Qué no se puede declarar el amor a mi hermana? Pues a la vecina, a la primera chica que vea.
       Doña Inés del alma mía.


       Necesito hablar contigo, o con esta, o con la otra. Truco o trato.