martes, 28 de enero de 2014

Un adelanto del primer capítulo

Unos días antes.




   Cuando conseguí llegar a la calle unas bofetadas húmedas y gélidas del anochecer de enero estremecieron mi cuerpo, pisé con fuerza  sobre las resbaladizas losetas que componían la arquitectura de la acera y metiendo las manos en los bolsillos de la trenca comencé a caminar con paso decidido intentado ser una sombra más, como alguien más, uno más que se une a remar entre la confusión de la espesa niebla que a esas horas inundaba la ciudad. Tenemos demasiados ríos cerca, pensé. Respiré hondo y percibí como la frialdad del ambiente penetraba por la nariz y llegaba por los menos hasta el ombligo, luego, exhalé el aire desde mi interior, de forma lenta, pausada, sintiendo como el calor del aire desde el estómago llegaba hasta la punta de la lengua hasta desvanecerse y con juntarse con el exterior de un mudo insoportable. Curioso contraste, pensé. Estábamos a mitad de enero, en pleno invierno castellano, mesetario, casi estepario, pero sentía también que era como si llevase dentro de mí un verano oculto. Nadie vio mi estúpida sonrisa en aquel instante.
       Dos horas pasadas con mi padre habían conseguido soliviantar casi todos mis sentidos. Soliviantados los sentidos y alterado algunas actitudes de la vida, de mi propia vida. Prefería ir a verle siempre por las tardes, a eso de las cinco o la seis, porque era cuando mi progenitor estaba más tranquilo, que ya es mucho decir, que en el resto de las horas del día. O eso, o vaya uno a saber como funcionaba su cabeza  según le venía en gana en su angustia neurótica e insoportable. Ciento veinte minutos es un tiempo relativo junto a él. La relatividad con mi padre daba muestras contundentes de la razón teórica de Einstein. Siete mil doscientos segundos, dos cafés, varios cigarrillos; él, varios más que yo, y una conversación, dependiendo siempre de su estado anímico que podría volver totalmente loco a cualquiera, incluyéndome a mí, por supuesto. Por las mañanas, era mejor no tratar de estar cerca de su entorno, ni tan siquiera el resto de su familia o amistades  más íntimas se acercaban por su casa en horario matinal, cuando la mañana establece unas pautas extrañas de condiciones luminosas de las que mi padre huía de continuo. Se refugiaba en su casa entre penumbras, escuchando música, escribiendo o pintando, siendo, entre esa penumbra, como otra sombra más de la casa. Además si tratabas de ir a verle por las mañanas, era imposible, tenía la costumbre de no abrir a nadie la puerta.
       Entre todos los que le conocíamos, corría el rumor o la certeza que, mi padre, desde que se levantaba, cosa que solía hacer con las primeras luces del amanecer, eso, si  es que había conseguido pegar ojo, hasta la hora de la comida, aunque es una persona de comer apenas nada, era un ser humano intratable, totalmente insoportable. Él, siempre se significaba en que las mañanas eran para poder sestear los sueños, para adormitar los sentidos, para vaciar o llenar las razones de los sentimientos; que las tardes eran para reflexionar, escribir, planificar, hablar, hablar incluso con los silencios, para evadirse entre sus propias soledades y que la noche era para entregarse a las creaciones más profundas, al hallazgo de las circunstancias que enajenaban su entorno y transformarlas en algo creativo, que las horas nocturnas eran para vivir todas las sinrazones de sus mundos, para ser imbuido por todos los instintos que aún permanecen en el cuerpo. Siempre, desde muy pequeño me había hablado de sus mundos, de sus tiempos, tantas veces, que yo mismo estoy convencido de  que tengo tantos mundos y tantos tiempos  como él o incluso más.
       Todos sabíamos que por las noches dormitaba a ratos. Mi padre padecía desde años atrás, entre otras muchas enfermedades, de insomnio, y que deambulaba por la oscuridad de la noche por la casa como un alma en pena, a veces se metía en un cuarto que estaba preparado únicamente para pintar y manchaba, con sus propias manos, maderas con múltiples colores a los que luego llamaba sus abstracciones psicológicas o psicofísicas, o escribía poemas en unos cuadernos en otro cuarto, en su despacho-castillo, que era como él lo llamaba y que luego, cuando los terminaba, los dejaba en los estantes, junto a los libros, que tenía por la casa. Pero la luz, sobre todo la de la mañana y las del mediodía eran unas grandes heridas para sus sentidos, para su ánimo; mi padre llevaba ya más de diez años en que no soportaba la luz, padecía una aguda agorafobia, era incapaz de poder estar en espacios abiertos sin que sufriera un ataque de pánico, no podía afrontar estar en plena calle a la luz del día, ni tan siquiera a las luces pochas, como las llamaba él, de las farolas que iluminaban la oscuridad de la ciudad, ni eso ni las aglomeraciones humanas. Mi padre no tenía fuerza mental para poder soportar con normalidad  algunas condiciones humanas de la vida cotidiana. Algunas veces,  cuando el atardecer daba paso a las primeras oscuridades de la noche y las luces eléctricas de las farolas habitaban en la ciudad, se atrevía a salir de casa, siempre cortos paseos cerca de su domicilio, sin alejarse de todos sus temores, temiendo ser presa de sus propias ansiedades, de perder el control sobre si mismo, de sufrir ataques de pánico y encontrarse perdido y alterado en todos sus nervios, como le sucedía en muchas ocasiones. Ese miedo incontrolable, el miedo al miedo, ese miedo que le dejaba desposeído de toda razón, que le desposeía de sus circunstancias mentales hasta sentirse totalmente desvalido y solo. Así que además del insomnio, mi padre sufría graves crisis fóbicas, la agorafobia era una de ellas, algo que no le permitía desenvolverse por el mundo con la libertad que él hubiese deseado, más, cuando mi padre, ante todo, se consideraba una persona al margen de las realidades del mundo normal. Él tenía sus propios mundos, sus propios tiempos. Una contradicción tras otras contradicciones.
       No me importa la creación; fue, entre otras palabras, algo de lo mucho sobre lo que habíamos hablado apenas unos instantes antes. Algunas de sus frases resonaban en mi cabeza como resonaban ahora mis pasos entre la humedad resbaladiza de las calles que parecían cerradas, envueltas en una ambivalencia de vaporosa y gélida niebla y un exhalo de respiraciones que parecían llegar como impropias de ciertas presencias humanas.
      No me importa la creación; me comentó mi padre, entre otras hostigaciones elucubrantes sobre ciertas ideas; ni lo que quiera transmitir, yo sólo observo el riesgo, la esencia, eso es lo que verdaderamente me importa cuando me pongo a hacer algo, o estudio lo que han hecho o hacen otros. No me importa la incierta sensación  de lo que han llegado a crear. Sólo me importa buscar el riesgo, la esencia, ni tan siquiera me preocupa o me interesa lo que puedan llegar a transmitirme, y me da igual que sea un perfecto paisaje que un entramado psicológico, supuestamente creado  desde vete tú a saber desde que misterio artístico. A mí, lo que me interesa es lo que puedo yo transmitirme a mí mismo. Notar si algo puede hacerme sentirme desnudo, libre. ¿Te imaginas desnudo ahora en pleno invierno leyendo unos versos, observando un cuadro y pensar solamente en ello sin que el frío llegue a rozar ni lo más mínimo ningún otro sentido del cuerpo?. Te das cuenta lo que puede suponer que uno pueda descubrir también sus propios temores o enfatizar con algunos matices  que se desarrollan dentro de los propios sentidos. Es el encuentro del yo, de ese yo que pocas veces buscamos  porque no nos interesa descubrirnos, llegar a saber más sobre nosotros. Encontrase, quedarse, huir, paralizarnos, obsesionarse, llegar a sentir ante algo esa holgura de todas las distancias que hemos creado para que nada ni nadie molesten nuestra existencia burguesa. Mira hijo, de verdad, no me importa nada la labor creativa; tal vez porque sea algo mecánico, por mucha técnica, por muchos conocimientos que se desarrollen en ese hecho. Lo único que me interesa es el riesgo porque este lleva consigo la transformación de una idea, la transformación de uno mismo, y eso lleva también consigo la de asumir la responsabilidad de ser irresponsable y eso no cambia la vida pero si hace sufrir permutaciones en tu tiempo, en tus mundos y eso es, te aseguro, un hecho, que tiene muchos sentidos, muchos más que aceptar la nimiedad de que alguien puede ser responsable por aceptar la realidad, y, además ¿Qué es la realidad?  La realidad es algo inconcreto, indefinida, una especie de careta, una fachada de lo que verdaderamente no somos y que sin embargo llegamos a asumir por una cuestión, digamos, que de ética, creyendo que así aceptamos algo porque parece que todo el resto del mundo lo acepta. Hijo, a mí la creación me importa tres pepinos, lo único que me sublima es el riesgo y eso conlleva una gran lucha interior porque con lo primero que te tienes que enfrentar es contra uno mismo, hay que estar dispuesto a batallar contra los propios sentidos, contra los propios instintos, contra tus propias razones, contra tus contradicciones, contra todo. Hay que estar en contra de todo. Mira, tal vez, el artista más perfecto puede que sea un asesino, una persona normal convertida por los hados del tiempo en alguien que un momento determinado debe actuar de forma implacable.
       Esas eran algunas de las muchas cosas que me había contado mi padre y la niebla en la noche era cada vez más densa, más espesa, más perfecta en su ambigüedad aparente; como lágrimas de un mundo que oculta sus llantos.
      











1 comentario:

Dulce Mer dijo...

Muy bello... Hermosa lectura...